Su mayor virtud fue ser siempre el mismo. Un tipo preocupado solo preocupado por dar cariño y felicidad a todos. Sobrio, reservado, antifarándula.

A lo largo de mi vida nos cruzamos varias veces y nunca tuve necesidad de recordarle quién era. La última vez fue precisamente acá, en Maquinista Savio, cuando llegó con su circo de la mano de Manolo, un convecino que por muchos años organizó sus giras. En esta, su última visita a Escobar, fue declarado Ciudadano Ilustre por el entonces intendente Patti. «Vos sos el hijo de Félix, el alemán» -me dijo, sorprendiéndome. «Me enteré que murió», agregó, para recordar luego (con prodigiosa memoria) algunas anécdotas compartidas en Mar del Plata.

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Sencillo, sin ningún engreimiento, casi como ignorando no solo su popularidad sino el privilegio exclusivo de ser por décadas la persona más querida del país, sin haberle dado a la gente otra cosa que no fuera su ingenuo humor y su cariño más puro.

Hoy, a la hora de su partida del plano terrenal, ese cariño se ve expresado en el dolor que el pueblo siente y en las miles de formas en que la gente lo expresa. A pesar de su larga ausencia en los escenarios, en radios, canales y revistas, todos sintieron la pérdida como propia… y lo es. Todos tenemos de él un grato recuerdo y esa vigencia es casi utópica. Seguirá junto a nosotros desde sus inocentes e inolvidables frases, incorporadas en una sociedad bombardeada por groserías, burlas y escándalos. Aunque cueste creerlo, esta vez ganó la pureza. Por eso puedo asegurar que «Carlitos no se va».

Por Carlos H. Maipah
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