Si bien el ghosting -la acción de dejar de tener comunicación con alguien sin razón aparente- suele asociarse a las relaciones sexo-afectivas de los jóvenes, también sucede entre amigos, familiares, compañeros de trabajo y a todas las edades. Aunque el término es novedoso, el fenómeno no lo es.

«La no respuesta es una respuesta legitimada como una indiferencia válida en tiempos de coqueteo moderno donde todo vale y nada vale mucho (…) desaparecer como si los fantasmas habitaran en la ausencia como golpe fatídico a un corte que no merece explicación». (Peker Luciana, 2018, «Putita Golosa»).

publicidad.jpg

¿Qué es el ghosting? El ghosting podría definirse como la acción de dejar de tener comunicación con alguien sin razón aparente. Cortar cualquier tipo de contacto posible. Es una palabra proveniente del sustantivo en inglés «ghost» que significa «fantasma». Una posible traducción al español podría ser “fantasmeo”, transformarse en un fantasma, desaparecer.

Si bien el ghosting suele asociarse a las relaciones sexo-afectivas de los jovenes, también sucede entre amigos, familiares, compañeros de trabajo y a todas las edades. Aunque el término es novedoso, el fenómeno no lo es.

La responsabilidad afectiva podría considerarse como la contracara del ghosting. Esta tiene como condimentos principales la comunicación y el respeto. La psicopedagoga María Zysman, definió a la responsabilidad afectiva como “hacerse cargo de lo que uno genera. Si yo te prometo, te contengo, te quiero, te busco, te hablo, después tengo que responder a eso que yo generé”. En otras palabras, ser coherente entre las propias palabras y las acciones, que lo que hago y digo tiene efectos en quien recibe esos mensajes.

Clavar el visto. A pesar de que el fantasmeo es atemporal, la era digital ha cambiado las reglas del juego, y así lo describe Zysman, autora de libros como ‘Ciberbullying’: “las redes sociales generan un espacio confuso, cambian las reglas del sentido común”. El lenguaje en la virtualidad desdibuja la responsabilidad a la hora de relacionarnos.

Además, expresó que “en la vida pre redes uno llamaba o no llamaba. Se veía con el otro por decisión mutua o de casualidad. Se planteaba y se planeaba el deseo del encuentro”. Ahora, ghostear es muy sencillo. Bloquear a alguien en Instagram y seguir como si nunca hubiera existido.

Recibir un WhatsApp y no contestarlo genera ansiedad en quien está del otro lado de la línea porque vivimos dependientes de la inmediatez y expectantes del minuto a minuto. Clavar el visto es una imagen característica de los tiempos que corren, que atenta contra el autoestima y el deseo de los otros.

Estos manejos comienzan a una temprana edad, y así lo explica Zysman: “Es muy frecuente entre adolescentes. Más allá de cortar cualquier otro tipo de vínculo, es un mensaje muy claro el seguir a alguien o dejar de seguirlo en redes sociales. Cuando quieren decir algo y no encuentran las palabras, cuando algo les duele, cuando sienten muchos celos o envidia, dejan de seguirlos desde su cuenta original pero se arman una cuenta falsa para stalkearlos (espiarlos) desde ahí. El tema es estar al tanto de la vida del otro sin que el otro se paque yo me intereso por esa vida”.

En conclusión, un falso desinterés por los demás. Este modus operandi tampoco se aleja demasiado de lo que hacen los jóvenes y los adultos al socializar. Internet, el individualismo y el desapego, nos transforman en personas con fechas de vencimiento al vincularnos. Esta premisa corresponde al sistema capitalista por excelencia.

Todos somos bienes de consumo. La cosificación de los cuerpos y los deseos es parte de lo que podríamos denominar como capitalismo emocional, como también la desconexión de los sentimientos. Usar y desechar a las personas como si fueran objetos que pueden ser sustituidos por otros con facilidad. Zysman, directora del equipo ‘Libres de bullying’, manifiesta que “somos un producto en las redes sociales, somos algo que se vende y se compra. En Instagram, en Tik tok… No importa quién soy ni dónde vivo, importa todo lo que me pueden vender y cómo me pueden vender a mí. Somos todos bienes de consumo. Cuando se mezcla lo afectivo con lo comercial es cuando sufrimos. El otro empieza a ser un objeto que yo puedo tomar o dejar, seguir o no seguir. El otro pasa a ser una moneda de intercambio», continúa Zysman. «Es un gran mercado persa porque todos tratan de sacar algo y de conseguir algo, cueste lo que cueste. Afectos, amigos, novios, amantes, pacientes, terapeutas, vale todo”.

En definitiva, podemos comprar auriculares, dejar de seguir una cuenta, compartir un video, conseguir un docente de inglés, cancelar una compra, darle me gusta a una publicación, reaccionar a una historia, todo a través de un click.

Con la música a otra parte. Varios artistas a través de sus canciones, se han quejado sobre aquellas personas que no hacen lo que dicen. Andy Rivera, reguetonero colombiano, con su hit del año 2012, instaló la frase “pintar pajaritos en el aire” en el vocabulario popular de los jóvenes.

Christina Aguilera no se queda atrás con su canción “Falsas Esperanzas” en la que pide por favor que no le mientan y no la engañen. Estos son algunos ejemplos de cantantes que han reconocido y reflejado en sus letras una falta de sensibilidad en la sociedad.

Con frecuencia se puede confundir la responsabilidad afectiva con la romantización y formalización de las relaciones. ¿No será que podemos tener un encuentro casual pero tratarnos con respeto, como personas? ¿Es que nos da terror demostrar cariño sin esperar nada a cambio?

Para muchos todas estas ideas son obvias en la teoría pero no siempre en la práctica. ¿Porqué nos comportamos de esta manera? ¿Hay alguna forma de revertir este contexto desafectivo? ¿Será que hay un camino de resignificación por recorrer?

Humanizar los vínculos. No se trata de estructurar lazos, simplemente considerar que la otra persona no puede adivinar lo que pasa por nuestras mentes. Una conversación, un abrazo o un breve WhatsApp aclaran el panorama, sin dejar a la otra parte elucubrando hipótesis posibles del silencio de quien desaparece o no da explicaciones verdaderas. Por lo tanto, ¿deberíamos cuestionar las prácticas y esquemas establecidos?

Asimismo, Zysman plantea que hay que “trabajar para ser menos narcisista y así poder humanizar los vínculos. Estamos en una época en la que está mal mostrar que necesitamos a los demás. Aparece muy de manifiesto en las redes: ‘el otro no me hace falta. Yo voy por la vida solo, miren lo lindo que soy miren todo lo maravilloso que hago’ y no puedo demostrar en esa venta que hago de mi mismo, que necesito que los otros me miren, que necesito de los otros”. También resalta la importancia de comprender “que quien está del otro lado de la pantalla es una persona. Es algo tan básico”.

Entonces, ¿el uso de las redes condiciona y modifica nuestra socialización? ¿Hay una sola receta para transformar estos
hábitos? Quizás se pueda comenzar por dejar las cosas en claro, poner las cartas sobre la mesa, para hacernos cargo de nuestras acciones y, más importante aún, de nuestros deseos.

(Por Lucía Borello. Télam)

Compartila en las redes

Deja una respuesta

Su Email no será publicado

*