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Legalización del aborto: escritores celebran la libertad de elección y el fin de la clandestinidad

en General/Nacionales
«Este estado de ser ciudadanas de segunda clase nos trajo muerte, enfermedades, desprotección, desvalidez, trajo maternidades no deseadas y niñas madres… esa clandestinidad fue una condena sobre los cuerpos y una condena también simbólica de represión y censura. El habernos liberado de esas ataduras significa que nos podemos liberar de otras», cierra la autora de «El futuro de los artistas».

La sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo generó satisfacción, euforia y hasta desahogo en un conjunto de escritores y escritoras que, desde la ficción, la acción en redes y la implicación en distintas campañas, contribuyeron a esta instancia que le otorga legalidad a un reclamo que una parte de la sociedad ya había legitimado a través de debates que pusieron el foco en la reivindicación de la soberanía de los cuerpos y el acceso universal al aborto asistido.

La explosión emocional que se produjo luego de que el cartel electrónico que enmarca la Cámara de Senadores consagrara como favorable el segundo proyecto de ley sobre el aborto que se debate en el Congreso, condensa una trama de luchas y reivindicaciones que durante mucho tiempo empujaron en soledad los colectivos feministas pero que, en los últimos años, se consolidaron en la agenda pública como una demanda urgente articulada por grupos intergeneracionales y socialmente heterogéneos.

«Este hito tiene muchísimas implicancias. Una de ellas es el respeto a la capacidad de decisión de las mujeres y a nuestra autonomía. Todavía vivimos en una sociedad en donde muchas veces no se respeta el derecho de las mujeres a decir que no, ante distintas situaciones, que pueden ir desde una relación sexual hasta cuestiones tan decisivas y determinantes como la maternidad. El derecho humano a decidir sobre la propia vida es fundamental», señala a Télam la escritora Florencia Abbate.

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Para la autora de «Biblioteca feminista», el derecho al aborto implica también «un poco menos de injusticias de clase, que en nuestra región son tantas, y la posibilidad inmediata de evitar muertes por abortos precarios. Todas las implicancias de esta ley son a favor de una sociedad con más justicia y libertad».

En esa línea reflexiona también la escritora Agustina Bazterrica, para quien la aprobación de la ley no implica conductas compulsivas ni una vulneración de los derechos de quienes se oponen a la interrupción del embarazo: «La despenalización del aborto no obliga a abortar, sino que legaliza y ofrece seguridad a quienes deciden hacerlo, evitando situaciones de clandestinidad que causan la muerte de miles de mujeres y personas gestantes», analiza.

Y prosigue: «La penalización demostró su fracaso. No sólo no persuade a nadie de no interrumpir embarazos no deseados, sino que funciona como una pena de muerte de hecho, y de clase, de las personas más vulnerables. Aplaudo la lucha de tantos años de las feministas que abrieron canales de información que redujeron el miedo, el desconocimiento, la hipocresía y la doble moral. La maternidad debe construirse desde la libertad de elección, no desde el mandato social punitivo».

Tanto la autora de «Cadáver exquisito» como Abbate participaron de distintas acciones impulsadas por un colectivo de escritoras que viene acompañando la campaña por la legalización del aborto desde el proyecto de ley presentado en 2018 en el Congreso. Junto a otras 26 autoras entre las que se encuentran Claudia Piñeiro, María Inés Krimer y Claudia Aboaf, leyeron anoche en la vigilia del debate en el Senado un texto coral titulado «Fuego verde» que enfatiza la necesidad de aprobar el aborto legal, seguro y gratuito «para que el deseo no sea un privilegio».

De la movida participó también la ensayista Lucía De Leone, una de las coordinadoras del primer volumen de la flamante «Historia feminista de la literatura argentina», quien explica a Télam: «Esta sanción implica el cierre de una lucha que comenzó, se propagó y ganó espacio en otros lados. El debate está ganado, lo que falta es el cierre institucional, que una república debe dar para que una ley exista».

A la vez, la investigadora se expide también sobre lo que analiza como una sanción a destiempo: «Es un debate tardío, obsoleto, que se nutre de argumentos irresponsables que parecen venir de una época muy atrás. El debate ya está dado, se dio en la calle, en las militancias, en todos lados».

Otra de las que integró el entramado de escritoras que militaron la legalización del aborto fue Alejandra Laurencich, quien sostiene que, con esta ley, «la Argentina ha salido del oscurantismo, de la hipocresía: aborto hay y hubo desde siempre, en todas las clases sociales y a pesar de la prédica de los sectores más conservadores».

En este sentido, la autora de «Lo que dicen cuando callan» señala que si bien eso «seguirá existiendo», a partir de esta flamante ley «lo clandestino sale a la luz, y la conciencia de cada mujer gestante podrá entonces decidir bajo el amparo de los protocolos de la salud pública, en un marco de información y no de ignorancia».

Aunque impulsada en su cara más visible por los colectivos feministas y la marea verde integrada por las nuevas generaciones de mujeres que la convirtieron en su lucha identitaria, la legalización del aborto no deja afuera a hombres y escritores como Sergio Olguín, que en su novela «Lanús» (2002) retrata los contratiempos de una pareja de jóvenes que quiere abortar y no tiene los medios para concretarlo.

«La sanción implica terminar con una injusticia histórica, es terminar con una condena a muerte de muchas mujeres que no pueden acceder a un aborto en las condiciones sanitarias óptimas. Es también poner al Estado a proteger y a cuidar a las personas gestantes, darles la posibilidad de llevar adelante su vida como ellas quieren, sabiendo que hay un sistema social que las respalda», señala el escritor.

Para Olguín, la sanción de la ley no solo mejora la situación de las personas gestantes sino que promueve una sociedad más justa: «Tanto el feminismo como los colectivos LGTBIQ+, con sus reivindicaciones, sus luchas y reclamos, consiguieron que la Argentina sea un país mucho mejor que el que teníamos hace veinte años. Lo que vuelve a demostrar que ningún Estado regala derechos ni mejoras si no hay un trabajo de militancia», precisa.

Carlos Godoy, autor de la novela «Jellyfish. Diario de un aborto», opina que esta nueva norma, «que comenzó con un debate sobre los alcances de salud pública y la legislación del Estado sobre los modos en que la religión ordena la vida de las personas, se terminó convirtiendo en una deuda con la militancia feminista» por lo que señala que «implica saldar una deuda que el gobierno de Alberto Fernández se propuso».

También apeló a la literatura para escenificar su visión sobre el tema el escritor Ariel Magnus, que bajo un título sin sutilezas, «El aborto. Una novela ilegal» (2018), cuenta la historia de una mujer que a los 40 años queda embarazada sin desearlo y junto a su pareja se proponen viajar a Uruguay, donde la práctica abortiva ya está legalizada.

«Escribí mi novela cuando era un tema absolutamente tabú. De eso hace nada más que cuatro años. No hay que olvidarlo, aun cuando a este segundo tratamiento de la ley hayamos llegado casi hastiados, como si fuera un tema que venimos debatiendo hace siglos», indica.

«Así que ya se sabe: la próxima vez que un derecho fundamental parezca imposible, tenemos un buen ejemplo de que todo puede revertirse con bastante rapidez», amplía el autor de «Un chino en bicicleta».

La escritora Dolores Reyes enfatiza que «el movimiento de mujeres logró la salida de la clandestinidad de una práctica que es llevada a cabo por mujeres y por todos los cuerpos con posibilidad de gestar» porque indica que «a veces decidimos abortar y a veces no hacerlo, por lo tanto la sanción pone en jaque un mandato que durante siglos hemos padecido las mujeres como una forma de opresión absoluta: el de la maternidad obligatoria, como destino de vida».

La escritora Cecilia Szperling, que integró el grupo de escritoras pionero en la discusión del aborto, señala: «Que se haya dado esta ley significa romper cadenas, liberarse, tener decisión sobre nuestros cuerpos. Fue muy extraño ver cómo con el matrimonio igualitario y la Ley de Identidad de Género la sociedad argentina avanzaba mientras que a la vez las mujeres y los cuerpos gestantes estábamos en un espacio donde el útero quedaba encadenado a las decisiones religiosas, como si fuéramos parte de una teocracia y no de una democracia».

«Este estado de ser ciudadanas de segunda clase nos trajo muerte, enfermedades, desprotección, desvalidez, trajo maternidades no deseadas y niñas madres… esa clandestinidad fue una condena sobre los cuerpos y una condena también simbólica de represión y censura. El habernos liberado de esas ataduras significa que nos podemos liberar de otras», cierra la autora de «El futuro de los artistas».

Télam

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