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Caminemos al encuentro y el diálogo

en General/Opinión

Como característica del hombre y de la sociedad actual vemos que el dinero domina todo. Antes hablábamos del hombre, del ciudadano, ahora se llama consumidor. Hablábamos de la comunidad, ahora es el mercado y todos esos cambios traen situaciones difíciles.

Actualmente el hombre sufre mucho. Como consecuencia de sus propios defectos, sufre la soledad, el aburrimiento, las angustias, las dificultades económicas, todo esto suele hacérsele insoportable.

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Carece nuestro hombre de vida interior, le falta la meditación, entonces hablamos de la evasión, la vida es como un trámite, como un expediente, llenar la carpeta de cosas que a veces no sirven para nada. Todo esto es crisis existencial, inestabilidad, se juega más fuerte, se tira con munición gruesa, se han corrido los límites, es mayor la velocidad, estamos más cerca del precipicio, la emoción es más fuerte, casi al límite, y se proyecta a la vida social y política. Estábamos viviendo sin darnos cuenta realmente de lo que nos estaba pasando, hasta que un virus nos despertó y tomamos conciencia de la realidad, cuan frágiles somos.

Debemos establecer las bases de una ética social, de la moral civil, último bastión de la dignidad de la persona.

Como dice Ernesto Sábato: “Esta crisis de nuestra cultura occidental es el resultado de dos fuerzas dinámicas y amorales: el dinero y la razón. El capitalismo moderno y la ciencia positiva ponen al individuo en un engranaje de una gigantesca maquinaria anónima, el hombre-masa”. Esta civilización industrial sigue con la contaminación producto de maquinarias y fábricas. Todo esto es un factor de cambio climático, que afecta a los humores y la supervivencia de las personas. Acá nadie se detiene en su ritmo de producción, ni cambian de rumbo.  Todas las acciones ante la crisis consisten en no decir nada y “disparar hacia adelante” acelerando el proceso. No aparecen nuevos protagonistas que puedan revertir la situación y los que ya conocemos miran para otro lado. Por eso el desorden de los valores está unido a la globalización.

La región no debe en política exterior volver a repetir situaciones de coloniaje en escenarios similares. El mundo ahora es multipolar, antes era EEUU y Rusia, ahora es China, India y los Tigres del Asia. Y China no nos va a resolver todo, es el mismo caso que con Gran Bretaña hace 200 años cuando confiábamos en que nos iban a solucionar todo y de hecho en algunas cosas nos ayudó, pero predominó su interés en nuestros productos. Nosotros no pertenecíamos a sus colonias. Las que si lo fueron como Australia, Canadá, Nueva Zelanda quedaron desarrolladas y en otro escalón más conveniente. Cuidado que no nos pase otra vez, pero ahora con China, quedando zonas y regiones en el continente a medio desarrollar. La raza amarilla es diferente a los anglo normandos y celtas, vemos en éstos una sensibilidad diferente, distante del amarillo y más próxima al latino.

La Iglesia se está transformando pudiendo ser la principal esperanza del mundo moderno. Se ha instalado en la Santa Sede una persona de la Compañía de Jesús. Los Jesuitas son una Orden que tiene una alta preparación intelectual, con una gran capacidad de acción. El Vaticano hoy es la expresión de esta nueva estructura de poder y de influencia de la Fe en el sistema global.

Uno de los aspectos principales del pensamiento Vaticano actual es el de Joseph Ratzinger, (Benedicto XVI)  ratificado por el actual Papa. Consiste en la importancia crucial que tiene para el cristianismo el diálogo con las grandes religiones, fundamentalmente con la fe islámica. Es un diálogo para tomar posicionamiento común frente al mundo de la modernidad y de la técnica. Para luchar contra la injusticia y la pobreza.

Jorge Castro nos decía: ”…Benedicto XVI ha liderado una cruzada que pretende ubicar a la Iglesia como un protagonista de la globalización, he imponerse como una autoridad política, que enfrente problemáticas de todo el mundo…”.

En una segunda mirada podemos esperanzarnos en que la Iglesia intenta pasar de ser un gran grupo de presión e influencia omnipresente, a un consolidado factor de poder, con una construcción global en la que los individuos sostengan consensos civilizados, que nos permitan evitar la enfermedad del espíritu y paliar la miseria en muchos lugares. Tendremos nuevamente nuestros Caballeros Templarios del siglo XXI y cascos amarillos.

Por Guillermo Pellegrini, Lic. en Ciencia Política

(Diario Resumen de Pilar)

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