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El año de los maestros sin escuelas

en Cultura y Educación

En el Día del Maestro, presentamos cuatro historias de docentes que apostaron a distintas vías para sostener el vínculo con sus alumnos. Desde la experiencia tecnológica hasta la aventura para entregar cartillas casa por casa. Desde la inteligencia artificial a parajes sin internet.

Elcira Avinceto es maestra desde hace dieciocho años. Nunca imaginó -ni ella ni nadie en realidad- que una pandemia la obligaría a dar clases desde su casa. Para ella, la escuela trasciende los aprendizajes, excede los contenidos curriculares. “Perdimos la parte emocional. El contacto, eso de…”, enfocó hacia el techo y recordó una de las tantas escenas diarias: “No hay nada más lindo que escuchar leer a un chico al lado tuyo”.

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Desde el 16 de marzo, se suspendieron las clases presenciales en todo el país, en todos los niveles, desde el jardín maternal hasta la universidad. En solo cinco días se cumplirán seis meses con las escuelas cerradas. 2020 quedará, entonces, signado como el año en que se rompió un vínculo que parecía infranqueable: los docentes y las escuelas como su espacio de trabajo. En el Día del Maestro, cuatro historias ilustran de qué manera la educación buscó llegar a los hogares, con propuestas muy variadas.

El caso de Elcira se puede comparar con el de muchos docentes del país. Las encuestas muestran que la herramienta por excelencia de la enseñanza a distancia es el celular y no la computadora, es WhatsApp y no Zoom, que la convivencia en un aula virtual, con trato en simultáneo entre maestros y alumnos responde a una porción menor de la Argentina.

Al igual que muchos de sus colegas, en un principio Elcira creyó que la suspensión era por dos semanas, tal cual había consignado el anuncio oficial, pero pronto se dio cuenta de que el horizonte de regreso era más bien lejano y debía trazar una estrategia para seguir en contacto con sus alumnos.

Ella es maestra de segundo grado en la Escuela N° 123, de El Peligro, en la provincia de Buenos Aires, un paraje que se lo conoce como “la capital del huevo”. Los chicos son todos hijos de trabajadores avícolas. La mayoría no tiene internet en la casa y dependen de un solo celular, el de uno de los padres, para mantener el vínculo con la escuela.

Su primera intención fue replicar la jornada escolar. La misma carga horaria pero desde la casa. Intentó con videollamadas y documentos, y las respuestas que obtuvo fueron: “Seño, no puedo abrir el video”, “Seño, no puedo entrar acá”, “Seño, no tengo para abrir archivos PDF”.

En mayo cambió la metodología: apostó a hacer una clase por escrito, con una actividad para reforzar los contenidos y audios explicativos. Explicaciones para las familias; no para los niños.

Una actividad de los chicos en sus casas

“Mi idea fue dar una orientación a los padres para que ellos lo pudieran trasladar a los chicos. Son padres que no están preparados. Son muy pocos los que tienen primaria completa, y encima siguen trabajando en las granjas. Más allá de eso, hicieron un enorme esfuerzo y hasta el día de hoy tengo un nivel muy alto de respuesta. El rol de la familia se revalorizó. Es importantísimo, con pandemia o sin pandemia”, mencionó.

Desde el primer día, Elcira les dijo a los padres que estaba “las 24 horas a disposición”. Recibe mensajes a toda hora, hasta a la madrugada cuando los adultos se despiertan para ir a las granjas, pero lo acepta como parte de un objetivo que les planteó de entrada. Un objetivo tan realista como crudo: “Que los chicos no vuelvan peor de lo que los dejamos”. Y sobre todo, agrega, que vuelvan.

La ruta de las cartillas

Diego Cruz da clases en cuarto y quinto grado en la Escuela N° 254 Éxodo Jujeño de Palca de Aparzo, un pueblo quebradeño donde apenas llega Internet y las computadoras se cuentan con los dedos de una mano. Cuando las clases se suspendieron, comenzó con actividades por WhatsApp, enviando tareas al único celular de la familia. Pronto los padres le dijeron: “Maestro, se le ponen rojos los ojos. Les arde la vista a los chicos”.

Diego Cruz, en su recorrida de 100 kilómetros para entregar las cartillas

Los chicos no estaban acostumbrados a leer en una pantalla, mucho menos en la pequeñez de un celular. Por entonces, no había casos de coronavirus en Jujuy, lo cual lo llevó a pensar en otra manera de vincularse con los niños, todos pertenecientes a pueblos originarios. Quería un contacto más cercano pese a las restricciones de movilidad. Se le ocurrió gestionar un permiso para circular, primero con su supervisora y después con un funcionario provincial. Logró que se lo aprobaran, alquiló un auto y se puso en marcha.

Entre Mainara, donde vive Diego, y Palca de Aparzo, donde viven los chicos, hay 100 kilómetros de distancia. Los primeros 50 kilómetros son por ruta 9 hasta Humahuaca y la otra mitad son caminos de tierra. Fue casa por casa, dejando las cartillas que él mismo había preparado e impreso. Incluso su familia había tejido barbijos para que ningún chico se quedara sin tapabocas.

“Para los chicos fue una sorpresa verme llegar. Me decían: ‘Maestro, ¿qué hace acá? Si estamos todos en cuarentena’. Los padres estaban contentos y agradecidos. Aproveché para conversar con ellos sobre cómo íbamos a seguir dando clases de ahí en más. Quedamos en que a la 1 y media del mediodía los llamaría por teléfono a todos los chicos para charlar durante una hora. Un poco para explicar los temas, pero también para saber cómo están y jugar un poco a las adivinanzas”, contó.

Desde hace ya tres meses, el virus empezó a circular con intensidad en Jujuy, al punto que se convirtió en la sexta provincia con más casos del país. De igual modo, Diego sigue produciendo una vez al mes sus cartillas. Lo único que cambió, dice, es que ahora un padre se acerca en moto hasta Humahuaca, en el medio del recorrido, para completar el envío.

La tecnología como aliada

En la misma Argentina conviven experiencias de continuidad pedagógica muy distintas. Los alumnos con mayores recursos pudieron sostener un vínculo a través de plataformas de videoconferencia, como Zoom o Meet. Pudieron paliar los efectos de la suspensión del ciclo lectivo presencial.

Rubén Krawiky, profesor de la Escuela ORT

Rubén Krawiky es profesor de proyecto final de la Escuela ORT. “La escuela trabaja con el campus virtual hace muchísimo tiempo. Los chicos ya lo tienen como internalizado como una práctica habitual. Lo que la pandemia llevó es a acelerar los procesos de digitalización que seguramente hubieran llevado mucho más tiempo”, explicó.

Sus alumnos están acostumbrados a la tecnología. Incluso trabajan con las herramientas más avanzadas como realidad virtual, impresión 3D, inteligencia artificial o tecnología satelital. En su materia, los chicos se dividen en grupos y elaboran un proyecto en el que cada uno asume un rol: uno es el desarrollador, otro el diseñador de arte, otro se encarga del hardware. Los docentes acompañan como tutores, pero también juegan el papel de “clientes”.

Un alumno de la escuela en una feria tecnológica

Pese a la cuarentena, los grupos pudieron avanzar en sus proyectos, con algunos que van camino a convertirse en start-ups. Por caso, ejemplifica el profesor, un proyecto utiliza inteligencia artificial para reconocer a las personas que ingresan a un edificio y no tiene dificultades para detectar el rostro con barbijo puesto.

“No replicamos el horario escolar, pero sí hay una carga importante por día de clases por Zoom de todas las materias. Claramente esta no es la situación ideal para dar clases, pero muchas herramientas que incorporamos en estos meses van a quedar en la práctica diaria una vez superada la pandemia. Vamos hacia un modelo híbrido ahora más que nunca”, señaló.

Maestra a toda hora

Un denominador común de la cuarentena es la sobrecarga. La evaluación nacional que hizo el Ministerio de Educación registró que 9 de cada 10 docentes dicen que debieron trabajar más desde que se cerraron las escuelas. El caso de Graciela Padilla es ilustrador en ese sentido. Es la vicedirectora de la Escuela N° 4101 de Rosario de la Frontera, Salta, pero también es profesora de una secundaria del pueblo Antilla y da clases en otra escuela urbana.

Graciela Padilla es vicedirectora y maestra de dos escuelas

“Fue terrible la primera semana. De ser el celular un dispositivo de uso personal, que pocas personas tenían mi número de teléfono, de repente pasó a ser público. Tuve el celular saturado hasta las doce, una de la mañana. Los sábados, los domingos, todo el fin de semana recibiendo la tarea de los chicos, con mensajes de los padres”, describió.

Con el correr de las semanas, ya asumiendo que las clases presenciales no volverían pronto, se vio forzada a cambiar sus horarios. Ahora está despierta hasta las tres o cuatro de la mañana. Se pasa las noches corrigiendo tareas, diseñando estrategias, repasando secuencias didácticas. “Puede parecer raro, pero estamos trabajando mucho más que en la presencialidad”, confirmó.

Un acto patrio en la casa de uno de los niños

La escuela de Graciela trabaja con chicos de bajos recursos, con madres que en general no terminaron el secundario. Para ella, va a ser fundamental enfocarse en las emociones. “Muchos niños están desbordados emocionalmente. Me suele suceder que salgo al centro, con el barbijo y todos los cuidados, y me cruzo con un niño, que viene corriendo a darme un abrazo y un beso. Yo sé que estamos en pandemia, pero no puedo rechazarles el abrazo. Son chicos que en algunos casos sufren violencia”.

La vicedirectora sabe que el día después, cuando se pueda regresar a las aulas, seguramente represente un desafío aún más complejo. Habrá una disparidad enorme entre lo que pudieron aprender los chicos, habrá vínculos rotos y emociones rebasadas. “Como siempre, intentaremos responder como escuela. Y cuando la tormenta pase, cuando miremos para atrás, vamos a valorar todo lo que hemos aprendido, a entender el legado que nos deja la pandemia”, confía.

(Infobae)

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