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El concepto equivocado de la debilidad del hombre

en Opinión

El universo representa la belleza viva, cuya forma fluctúa constantemente con nuevos encantos.

Los cielos estrellados fueron las primeras insinuaciones de la belleza que impregnó el pensamiento de las mujeres y de los hombres y primitivos. Apenas tenían bienes materiales, pero poseían la capacidad de la percepción sensorial, que les llevaba al asombro. Durante esas largas noches contemplaban maravillados los movimientos de las estrellas. Debió ser entonces cuando entendieron el significado de la belleza. A través de las estrellas supieron que Dios estaba ahí y que era más poderoso que ellas porque Él las creó, las ubicó y las puso en movimiento. Por ello, la belleza guió al hombre hacia Dios. Y no sólo las estrellas, también el mundo natural que observamos a la luz del día nos hablan de Dios. Pero es necesaria una actitud inocente de asombro y la capacidad de contemplación para descubrirlo.

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Al siglo dieciocho se lo llama el “siglo de las luces”. Marcó el principio de investigaciones científicas. El gran físico Isaac Newton murió en 1727. En 1776 James Watt introdujo la máquina de vapor que hizo posible la revolución industrial. También durante el “siglo de las luces” muchos pensadores querían descartar la religión como campo de tinieblas. Dijeron que si no se puede comprobar las creencias con experimentos, no valen. Nosotros debemos estar agradecidos porque vemos sin haber estado ciegos. Es un don mayor que curarnos de la ceguera.

Muchos son los dones que recibimos de Dios y no se lo agradecemos. De poder ver, de tener la salud que tenemos y no peor, etc. Y de muchos dones que recibimos y ni nos enteramos. No sabemos de cuántos males y peligros Dios nos ha librado. Y esto es mayor don que curarnos de ellos.

Demos un paso adelante y exploremos la relación entre enfermedad, fe y pecado. Es, aún hoy, una creencia muy generalizada que algunas enfermedades son castigo de Dios por pecados particularmente graves. Tal es así el caso de la lepra que durante siglos se afirmó como un castigo de Dios. En el mundo actual, algunos también interpretan el VIH/SIDA como un castigo de Dios a comportamientos sexuales inapropiados.

Esta conexión entre enfermedad y castigo por los pecados cometidos es equivocada. Es el resultado de una religiosidad mal entendida que le atribuye a Dios sentimientos de venganza. Es inaceptable una explicación religiosa de las enfermedades; debemos buscar explicaciones científicas. La ciencia que estudia cómo se transmiten las enfermedades, así como los factores de riesgo, se llama epidemiología. Las enfermedades son un hecho biológico y no un fenómeno religioso.

Una cosa muy distinta es que las enfermedades sean ocasión para reflexionar sobre nuestro comportamiento y para modificar aquellas conductas deshumanizantes y destructivas que nos disminuyen como personas.

Después de haber hecho claridad sobre esta equivocada relación entre la enfermedad y el pecado, sigamos adelante en nuestra meditación y analicemos el comportamiento de muchos.

¿Quién de nosotros llevará hoy este mensaje hasta esos colectivos que, en cualquier momento, escuchan condenas públicas injustas de dirigentes religiosos ciegos; que se acercan a reuniones y celebraciones con temor a ser reconocidos; que se ven obligados a vivir su fe en el silencio de su corazón, casi de manera secreta y clandestina? Amigos y amigas desconocidos, no teman a ser rechazados.

No veamos según las apariencias sino que hagámoslo en los corazones. Nosotros podemos ver con el corazón a través de la fe, “para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”. Y así lo  hacemos cuando reconocemos una vida humana en el feto, vemos con el corazón. Cuando nos protegemos del coronavirus-19 para que los débiles no lo contraten de nosotros, vemos con el corazón. Cuando compartimos de nuestra riqueza con los necesitados, vemos con el corazón.

Es hora de contrastar el fanatismo apasionado y la apertura del corazón a la acción de la fe en nuestra vida. Abramos a su acción en nosotros y reconozcamos como nuestro el poder de la fe y el amor. No seamos ciegos ante las cosas maravillosas que hemos hecho y hacemos ahora; tengamos sensibilidad para advertir la belleza de la creación, y sobre todo en nosotros.

¡Qué bello es este mundo!… No nos cerremos al transcurrir de hechos y circunstancias por nuestra soberbia. Seamos contemplativos de la belleza de este mundo, que satisface sin saciar.

Desde la ciudad de Campana (Buenos Aires), recibe un saludo, y mi deseo de que Dios te bendiga, te sonría y permita que prosperes en todo, y derrame sobre ti, Salud, Paz, Amor, y mucha prosperidad.

Claudio Valerio
©Valerius

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