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Ermitaños modernos: la epidemia de los jóvenes que se obsesionan con el aislamiento

en Sociedad

El confinamiento impuesto para amortiguar la actual pandemia de coronavirus expuso a millones de jóvenes al mayor experimento social en muchas décadas: permanecer encerrados en sus hogares por semanas e incluso meses. Por qué la reclusión podría convertirse en el detonante de otro tipo de epidemia.

Llevamos casi dos meses de confinamiento forzado a causa del COVID-19. Entendemos la importancia de permanecer confinados, pero nos apetecería salir al exterior y socializar, cansados de mirar a las pantallas del ordenador y los celulares. Sin embargo, existe un numeroso grupo de personas que empiezan a acostumbrarse al aislamiento e incluso permanecerían en sus apartamentos de forma voluntaria si se les permitiera salir.

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En 1998, el psiquiatra japonés Tamaki Saito publicaba un libro en el que describía un extraño fenómeno conocido como hikikomori -término que las personas han comenzado a usar para describirse a sí mismos confinados en casa-, en el que cientos de miles de adolescentes y adultos se encierran en sus hogares por meses, e incluso años, retrayéndose por completo de la sociedad. Según estudios del gobierno, se estima que hay 1 millón o más de hikikomori en todo el país.

Desde entonces se han publicado cientos de trabajos que reflejan que no se trata de una moda pasajera ni aislada o de sociedades tan tradicionales, sino que tiende a extenderse en todos los países. Al principio se pensó que el perfil de un hikikomori era de un joven varón adicto a los videojuegos, manga y anime: un otaku antisocial. No obstante, los psicólogos se han dado cuenta de que la realidad es más compleja y cada vez afecta a una parte más amplia de la población, incluyendo a mujeres e, incluso, a mayores jubilados.

En épocas de pandemia, si bien hay gente que tiene mucha necesidad de salir, otros están ‘encontrándole el gusto’ a estar en casa y a no tener la necesidad de correr tanto. Mucha gente está empezando a hacerse amiga del aislamiento, jóvenes y no tan jóvenes”, advirtió Claudia Borensztejn, presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

Para Maximiliano Martínez Donaire, psicoanalista y ex secretario científico del Claustro de Candidatos de la misma asociación, hay distintas maneras de vivir y de atravesar la situación de aislamiento como la que estamos obligados a vivir la mayoría de las personas en el mundo. Estas reacciones van a depender en gran medida de las características de cada persona y del contexto grupal en el que se encuentre en ese momento. “Cuando los seres humanos nos enfrentamos a situaciones muy restrictivas, ciertamente se ponen a prueba nuestra capacidad y nuestras herramientas subjetivas para dar respuesta y poder lidiar con ellas”, aseguró el experto.

El aislamiento social impuesto para amortiguar la actual pandemia nos expone a los seres humanos en distinta medida a una puesta a prueba de nuestros recursos internos, de nuestra capacidad para lidiar con la ansiedad, la incertidumbre y la angustia, y ciertamente nuestra capacidad para sostener los vínculos con los demás sin la presencia física. “Si una persona tiene cierta tendencia a aislarse de los demás -continuó-, la circunstancia actual en principio le da una buena excusa para instalarse en esa posición. El aislamiento obligatorio va a favorecer el aislamiento para aquellas personas que lo hubieran buscado de todas maneras”.

Si bien no podemos afirmar que el aislamiento social deparará la proliferación del síndrome de hikikomoto en los jóvenes, el creciente número de casos fuera de Japón está llevando a las personas a cuestionar su naturaleza cultural. En un estudio de 2015, Kato y sus colaboradores en los Estados Unidos, Corea del Sur e India encontraron casos que coinciden con los criterios clínicos en los cuatro países.

El acomodamiento demasiado dócil al confinamiento da cuenta de otras patologías. En realidad los jóvenes que se confinan lo hacen por angustia al exterior. El encierro es la expresión más visible de una patología en relación al contacto con los otros y con el exterior. El confinamiento tiene disfraz de voluntario pero en realidad busca disimular el terror y la dificultad que tienen las personas para enfrentarse con el mundo exterior”, sostuvo en diálogo con este medio Jorge Garaventa, psicólogo y miembro de la Federación de Psicólogos de la República Argentina.

Sin embargo, para el especialista «es necesario diferenciar el aislamiento obligatorio de lo que es una decisión voluntaria de encerrarse”. “De hecho, una de las cuestiones que los psicólogos estamos observando en esta pandemia es que algunos jóvenes que tenían una vida más bien aislada, de encierro o de distanciamiento previo a esto, con algunas características parecidas a la agorafobia, de pronto empiezan a desarrollar cuestiones cercanas a la claustrofobia. Porque no es lo mismo que haya o que no haya una decisión. Cuando la prohibición viene de afuera, se producen sensaciones desagradables y el encierro resulta agobiante, independientemente de la forma en que cada uno logre manejar ese agobio”, explicó.

Para los expertos, el encierro y el confinamiento de los jóvenes es el síntoma visible de otro tipo de cuestiones conflictivas. “Las personas que tienden a aislarse padecen menoscabo de personalidad, tienen serias dificultades para comunicarse con los demás, son tímidos, introvertidos, y en todo caso, el confinamiento los protege del riesgo que les genera tener que enfrentarse con los demás”, agregó Garaventa.

Cuando esto no existe, cuando no hay una sintomatología previa de dificultades en relación con los demás, el encierro no resulta agradable. En esos casos los adolescentes pasan por las mismas fases que pasan la mayoría de las personas. La primera, casi de tranquilidad o descanso; la segunda, de un intento de ordenamiento; y la tercera fase donde pasan a ansiar la posibilidad de salida. Aún los jóvenes más aislados tienen esa añoranza.

Múltiples estudios han encontrado que los hikikomori generalmente tienen trastornos psiquiátricos o del desarrollo concurrentes, que pueden variar en tipo y gravedad. Los disparadores también pueden ser diversos, desde el estrés laboral hasta la dinámica familiar disfuncional.

La pandemia puso en evidencia que los adolescentes pueden tener esa necesidad o decisión de aislamiento, siempre y cuando tengan una ventana de salida.

El rol de la tecnología

Un tema controvertido pero común en la investigación de hikikomori es la influencia aislante de la tecnología moderna. Un factor que se discute regularmente es el papel de la tecnología como Internet, las redes sociales y los videojuegos, que ya son fuente de debate polémico en la investigación sobre salud mental.

Cualquier vínculo potencial entre estos dos factores está lejos de resolverse, pero existe la preocupación de que la generación perdida de Japón pueda ser un canario en la mina de carbón para nuestras sociedades cada vez más desconectadas. Al mismo tiempo, hay esperanza de que la tecnología pueda ayudar a que las personas regresen del borde.

En Corea del Sur, cualquier persona que permanezca aislada durante al menos tres meses se denomina oiettolie. Un estudio realizado en 2013 en 43 países descubrió que casi uno de cada diez ya se consideraba adicto a Internet, y se creía que más del 50% tenían un alto riesgo de adicción a Internet.

TaeYoung Choi, psiquiatra e investigador de la Universidad Católica de Daegu que trabajó en el estudio, no cree que la tecnología necesariamente provoque la retirada, pero cree que puede apoyarla y profundizarla. “Algunas personas pueden aislarse más utilizando la tecnología, lo que hace que ese aislamiento sea más rígido y más severo”, asegura.

Para Agustina Fernández, psicoanalista especialista en adolescentes y miembro de la APA, entre las conductas típicas de las adolescencias contemporáneas, se puede observar que los jóvenes pasan muchas horas en su cuarto, a puertas cerradas, conectados con distintos aparatos en la virtualidad del mundo de Internet y desinteresados de las actividades familiares. “Un comportamiento tal, llevado al extremo, conforma un síndrome en el cual, el joven se recluye y aísla de forma tal que pierde contacto con los demás, permaneciendo días enteros sin salir de su habitación. El joven transita por un estado anímico apático, con desánimo, tristeza, que impresiona como depresivo”, expresó.

Sin embargo, Kato advierte que el efecto de la tecnología podría ser más sutil. Los juegos de computadora han reescrito la naturaleza del juego virtual, dice, y los niños pasan cada vez más tiempo en entornos virtuales controlados en lugar del mundo real impredecible. Al mismo tiempo, Internet, los teléfonos inteligentes y las redes sociales han hecho que el contacto indirecto en lugar de cara a cara sea mucho más común.

La batalla para detener la pandemia de coronavirus, librada con distanciamiento social y aislamiento forzado, está cobrando un precio psicológico que algunos especialistas advierten que podría provocar otra crisis, una de salud mental.

La pandemia de COVID-19 no solo ha amenazado la salud física de millones, sino que también ha causado estragos en el bienestar emocional y mental de las personas en todo el mundo. Los sentimientos de ansiedad, impotencia y dolor aumentan a medida que las personas se enfrentan a un futuro cada vez más incierto, y casi todos han sido afectados por la pérdida.

Al respecto, Santiago A. Levín, médico especialista en psiquiatría, presidente de la Asociación de Psiquiatras Argentinos, explicó: “Muchos de nosotros consideramos esencial declarar que la mayoría de los sentimientos y vivencias ‘cuarentenales’ son normales. La bronca, incluso la furia, la frustración, la angustia, la ansiedad, algo de insomnio, la desorientación acerca del futuro y los proyectos, el desánimo, la aparición de nuevas conflictivas vinculares… son todas posibilidades dentro de lo que podríamos llamar normalidad. Por supuesto, las personas que padecen trastornos mentales son más susceptibles a empeoramientos en situaciones tan estresantes como la actual. Pero no en todos los casos«.

¿Habrá una ola de trastornos mentales post pandemia? Es probable que sí. La experiencia muestra que luego de catástrofes naturales, guerras extensas, suele aparecer una etapa caracterizada por la emergencia de cuadros mentales nuevos y empeoramiento de los ya existentes. Pero no estamos autorizados a pronosticar, sin más, que esto ocurrirá con seguridad. Sí debemos, en cambio, exigir a la autoridad sanitaria medidas de prevención para estar correctamente preparados en caso de que esto efectivamente suceda”, concluyó el especialista.

(Infobae)

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