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A 49 años de una vida arrebatada

en Breves locales/Sociedad

Cursaba el mes de febrero en Escobar, hacía calor en el verano del 71, en el pueblo se festejaba el carnaval.

Pancho de 9 años, su mamá y sus cinco hermanos disfrutaban de esa noche de verano, entre helados y bomberos locos, el carnaval era una fiesta para la familia Pietragala.

En el centro de Escobar, la avenida Tapia de Cruz era una fiesta, había música, desfiles y baile. No había distinción de clases para la alegría y la diversión.

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Hoy, a 49 años y 4 meses de esa larga noche de carnaval, en una página de una famosa red social, Edith Pietragala decidió recordarle a la sociedad lo que ella y su familia no olvidaron nunca, pero no tuvo en esa red la devolución que esperaba, ya que borraron la foto y la bloquearon, a ella y a todos los que porten ese apellido. Edith cree no haber leído “el derecho de admisión y permanencia” o “que la muerte de su hermanito esté rondado a alguien en Escobar”.

La publicación, con una foto de una maestra muy joven de cabello corto y al lado un nene muy cómodo con ella, decía: “Aquí, año 71, mi hermanito tenía 9 años, Enrique René Pietragala -Pancho- (…). Febrero del 71 año trágico para mis padres y para la comunidad de Escobar, en una noche de carnaval, él desapareció. Lo buscaron todo el fin de semana (…). Un gaucho de Villa Vallier lo encontró, estaba envuelto en una bolsa de arpillera, violado, quemado y estrangulado«.

La muerte quedó impune, el dolor sin embargo quedó encarcelado en el corazón, en el alma y en el cuerpo de aquella familia Pietragala. El origen humilde de la familia de Pancho, no le permitió acceder a la justicia.

El o los asesinos de Pancho probablemente aún vivan, probablemente sean padres, tíos, hermanos, abuelos. Probablemente haya sido una “travesura”, un “juego” o un “pasatiempo”. Pero hoy, 49 años después, el recuerdo del horror volvió a Escobar , y es imposible no remontarse al relato de “El niño proletario” de Osvaldo Lamborghini, que casualmente escribió en 1973:

“¡Estropeado!, con su pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo y los periódicos bajo el brazo, venía sin vernos caminando hacia nosotros, tres niños burgueses: Esteban, Gustavo y yo.” (…) «Remontamos el cuerpo flojo del niño proletario hasta el lugar indicado. Nos proveímos de un alambre. Gustavo lo ahorcó bajo la luna, tirando de los extremos del alambre. La lengua quedó colgante de la boca como en todo caso de estrangulación«. (Fragmento de «El niño proletario»).

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