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Una llamada escandalosa

en Opinión

Se considera Abraham Lincoln el presidente estadounidense más cumplido. Guió la nación por la gravosísima crisis de la guerra civil. Más impresionante aún lo hizo con un sentido de compasión para sus enemigos.

En los últimos días de la guerra pidió una paz “con la malicia para ninguno y con la caridad para todos”. No iba a exigir tributo de los derrotados. Más bien quería ayudarles recuperar sus fuerzas.

Para implementar esto hemos de superar el impulso a odiar nuestros enemigos. Cuando nos sentimos ofendidos, queremos repagar la injuria con aún más vehemencia. Por eso las pandillas siguen matando al uno y el otro. En lugar de maldecir a los enemigos, Jesús quiere que recemos por ellos; quiere que sus seguidores se comporten en manera opuesta.

Su lógica es clara pero sólo con dificultad se puede poner su mandamiento en práctica… Para comprobarnos como hijos de nuestro Padre Dios, tenemos que actuar como Él. Desde que Dios ama a todos proveyendo lluvia y sol tanto a los malos como a los buenos, deberíamos imitar su bondad.

El amor al enemigo no es una llamada a una perfección heroica; quiere introducir en la historia una actitud nueva ante el enemigo porque quiere eliminar en el mundo el odio y la violencia destructora. No debemos alimentar el odio contra nadie, por el contrario busquemos el bien de todos incluso de los enemigos.

Cuando Jesús habla del amor al enemigo, no está pidiendo que alimentemos en nosotros sentimientos de afecto, simpatía o cariño hacia quien nos hace mal. El enemigo sigue siendo alguien del que podemos esperar daño, y difícilmente pueden cambiar los sentimientos de nuestro corazón. Amar al enemigo significa, antes que nada, no hacerle mal, no buscar ni desear hacerle daño. No hemos de extrañarnos si no sentimos amor alguno hacia él. Es natural que nos sintamos heridos o humillados. Nos hemos de preocupar cuando seguimos alimentando el odio y la sed de venganza.

Pero no se trata solo de no hacerle mal. Podemos dar más pasos hasta estar incluso dispuestos a hacerle el bien si lo encontramos necesitado. No hemos de olvidar que somos más humanos cuando perdonamos que cuando nos vengamos alegrándonos de su desgracia.

El perdón sincero al enemigo no es fácil. En algunas circunstancias a la persona se le puede hacer en aquel momento prácticamente imposible liberarse del rechazo, el odio o la sed de venganza. No hemos de juzgar a nadie desde fuera. Solo Dios nos comprende y perdona de manera incondicional, incluso cuando no somos capaces de perdonar.

Estos días deberíamos de aprovecharlos para asimilar el amor de Dios. Recemos un poco de más, y hagamos esfuerzos ayudar a los menos afortunados. Y, como final para aumentar nuestro amor a nuestros enemigos, pensemos en una persona que nos ha hecho mal. Puede ser la suegra o tal vez una maestra de escuela que no nos trataba justamente. Recemos por esa persona; no rezaremos que toque la lotería sino que
venga a saber la gracia de Dios. Será un ejercicio provechoso tanto por nosotros como por la otra persona.

Desde la ciudad de Campana (Buenos Aires) recibe un saludo, y mi deseo que Dios te Bendiga y prospere en todo lo que emprendas, y derrame sobre tí, Salud, Paz, Amor, y mucha Prosperidad.

Claudio Valerio

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