A favor nuestro o en contra de nosotros

en Opinión

La felicidad suprema del mundo consiste en amar muchas cosas como si fuesen nuestras. Ese tipo de afectos surgen con facilidad una y otra vez dentro de nosotros. 

Pero es nuestra obligación aprender a distinguir entre las inclinaciones y los apegos.

Si nuestros sentimientos provienen de nuestras inclinaciones no debemos preocuparnos. Por ejemplo, puede que en un día llegue a sentir rabia mil veces en contra de alguien que me ha calumniado.

Pero si me encomiendo a Dios, y llevo a cabo un acto de caridad a favor que aquel que ha generado en mí tanta indignación, no habré obrado mal de ninguna manera, ya que el control de mis sentimientos naturales no es algo que está en mi poder, particularmente cuando tengo que enfrentarme a un león.

Ahora bien, cuando se trata de lidiar con nuestros apegos la historia es muy diferente. Es nuestra prepotencia exagerada lo que hace que apeguemos tanto a ciertas cosas. Aun cuando es posible que lleguemos a dominar hasta cierto punto nuestro egocentrismo desmesurado, éste jamás dejará de existir dentro de nosotros mientras vivamos en la tierra.

Pero si deseamos calmar esos sentimientos que nos llevan a hacer cosas de las que después nos arrepentimos, es fundamental que cultivemos el amor sagrado en nosotros. Para hacer esto debemos desechar todos los amores egoístas y exagerados de nuestra vida, y entregarnos exclusivamente a ese amor que sólo busca la gloria de Dios en todas las cosas. El amor sagrado comienza a crecer dentro de nosotros a medida que empecemos a dejar a un lado todo aquello que no nos sirve para alcanzar la bondad de Dios. “Dejar ir” (la santa indiferencia) es una virtud tan difícil de adquirir que incluso en un monasterio toma una década aprender a cultivarla.

Sin embargo, esta virtud no es tan terrible como suena, porque nos da la libertad de espíritu necesaria para amar el mundo a nuestro alrededor del mismo modo en que Dios lo ama. Dejemos que sea la razón la que nos guíe, en vez de nuestras tendencias o nuestro disgusto por las virtudes que nos resultan trabajosas. Aun cuando nuestros apegos son cosas preciadas, nuestro deber es utilizarlos para amar a Dios, nuestra única y verdadera Posesión, a Quien hemos de dedicar y entregar nuestras vidas.

(Adaptación de los escritos Espirituales de San Francisco de Sales)

Dios es misericordioso… Y lo descubrimos cuando nos damos cuenta de lo grande que es su amor para quienes le aman. Él es capaz de perdonar nuestras rebeldías, olvidar el pecado, y de arrojarlo lejos de nosotros.

 

Desde la ciudad de Campana (Buenos Aires), recibe un saludo, y mi deseo de que Dios te bendiga, te sonría y permita que prosperes en todo, y derrame sobre ti, Salud, Paz, Amor, y mucha prosperidad.

 

Claudio Valerio

Compartila en las redes

Deja un comentario

Su Email no será publicado

*

ultimas de Opinión

Tiempo de descansar

Un miembro de iglesia se aproximó a su pastor y dijo: “Yo

Cristo es Rey

La Fiesta de Cristo Rey.  Esto debe hacer que nuestra fe nos
ir arriba