En el mes de la amistad, nuestros símbolos: el asado, la amistad y el tango

en Opinión

Compartir una buena mesa con amigos ha sido siempre una maravilla. Y si esa reunión está acompañada de un buen  vino, el significado que le damos a las  cosas es diferente.


 

Es que el vino en combinación de la mesa servida compartida con amigos, le da sentido a nuestra existencia.

De hecho, la típica parrillada con esos verdaderos amigos resulta ser  mucho más que una pasión argentina, es un ritual de camaradería. Es que esos momentos  compartidos nunca son en vano: Justifican nuestra existencia.

El  gran guionista del cine español, Rafael Azcona,  tenía una buena frase que es bueno recordar: “Ninguna comida es pesada o da acidez. Los que son pesados y dan acidez son algunos comensales con los que a veces uno se ve obligado a compartir la mesa”… La buena mesa y la amistad siempre ha sido una maravillosa ligazón. Ergo, el sincero afecto es el condimento distintivo de la fusión.

Saber estar con amigos, deleitarse con su compañía, tomarse una copa de vino sin pensamientos mezquinos, es una buena práctica que debe practicarse muy a menudo. Saber compartir algún que otro pensamiento y también una deliciosa tira de asado mientras se habla de nada con esas personas por las que uno tiene aprecio mirando las brasas y escuchando el crujir dela ramas, siempre nuevas, siempre repetidas, es algo que hace a nuestra identidad.

Cuando existe una vieja y sincera camaradería, la felicidad y el placer cabalgan plácidamente en los manjares más sencillos, alegran el aroma de cualquier bocado y prolongan la risa de la sobremesa hacia un tiempo sin tiempo, un espacio sin límites.

Que en la próxima velada con amigos, tanto el vino como esa carne asada servida,  sean silenciosos e incondicional cómplices nuestros.

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