Ricardo Daniel Hereñú es el rey de la bandeja. Desde hace 35 años trabaja en bares y confiterías del Distrito. Comenzó en los carnavales de Matheu y no paró… «Tuve la oportunidad de conocer el trabajo más lindo del mundo», relató a EL NUEVO DIGITAL.


 

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Al principio se sorprendió. Pregunta por qué él. Luego que se van retirando unos comensales, se suelta y comienza a responder. Se pone nostálgico y recuerda con emoción esas épocas doradas de la noche escobarense. Sin hacer gala de aquel refrán «todo tiempo pasado fue mejor», Ricardo Daniel Hereñú también hace hincapié del presente, donde disfruta de los sembrado en tres décadas y media atendiendo gente en bares y confiterías del Partido de Escobar.

«La gente pasa, me saluda, tocan bocina. Eso es porque uno tienen una conducta», cuenta sentado en el bar que ahora dirige en la calle Estrada, en Belén. Luego de hablar con un amigo de la infancia sobre un tercero, Hereñú recuerda a EL NUEVO DIGITAL DE ESCOBAR cómo se unió a la bandeja.

«Recién me estaba acordando que por estos días de carnaval, hace 35 años, yo trabajaba en una fábrica de coches en Matheu. Un día se me terminó el contrato y no me renovaron. José Luis, mi hermano, era encargado de un pool atrás de la estación de Matheu, se llamaba Aranjuez. Le dije ´me echaron, si sabés algo, avisame´. Y me dijo: ´¿Por qué no te venís esta noche que va a ver corsos y necesitamos un mozo?´. Empecé a reírme y le dije: ´Estás loco vos, se me va a caer todo´. Pero me convenció. Y le dije que sí», recordó.

«Fui a mi casa a bañarme y cambiarme. Paso por la Sociedad de Fomento donde jugaba al billar. Le dije a Freddy, que estaba a cargo, que conseguí trabajo. Me dijo que si sabía que me animaba me avisaba antes. Entonces salía de un trabajo y e iba al otro. Al principio con mucho miedo de tirar todo, le tenía miedo a la bandeja. Así tuve la oportunidad de conocer el trabajo más lindo del mundo, conocer mucha gente, muchas cosas», agregó.

Vecino del barrio San Lorenzo, de Ingeniero Maschwitz, contó una anécdota que le pasó recientemente: «El otro día vino una señora, se quedó parada y se puso a llorar. Al principio no la conocí, le dije qué le pasaba y me respondió: ´Te veo a vos y me acuerdo de mi marido Omar que falleció seis meses´. Acá se ve de todo, los chicos que se pelean con las novias… Tuve la suerte de trabajar donde la gente respetaba mucho, la pelea era afuera, en la calle. En las últimas épocas cuidaba mucho que no entrara la droga en el boliche. Muchos de los clientes nuestros eran hijos de nuestros clientes iniciales, que se casaron y dejaron de venir, había que cuidar eso, lo de las drogas, tanto por los chicos como por mis compañeros de trabajo. No conocí una parte negativa, siempre lo tomé con tranquilidad, uno hace lo que le gusta, lo negativo pasa desapercibido».

Hubo un cambio de época, claro, evidente. Cambios generacionales. «Uno recorría Tapia de Cruz un viernes, sábado y domingo a la noche y era una pasarela: las chicas se producían para salir, no repetían ropa por un tiempo, se ponían maquillaje, tacos… La última vez que salía de noche a dar una vuelta con mi mujer y las pibas andaban de jogging, zapatillas. Y la otra diferencia es la seguridad: los chicos podían salir de La Mimosa, Kabuki, Jet Set, Success y no les pasaba nada. Ahora no podés. Ponés dos chicas a caminar por la Gelves a las dos de la mañana y no sé si llegan a destino».

«Era un movida andar de boliche en boliche, era una hermosura ir a bailar, muchas confiterías… Los desayunos eran interminables, llegamos a tener desayunos a las 11 de la mañana, se quedaban a comer hamburguesas. Era normal que me vaya a mi casa un domingo a esa hora», amplió. La charla es un recuerdo constante. «Extraño el respeto de la gente, las chicas se vestían bien y los chicos tenían que estar a la altura, era muy linda la noche de Escobar».

Hereñú hizo de todo en la vida, si bien su fuerte son las bandejas. «La mayoría de las veces trabajé en comercios, panaderías, en una verdulería, almacén, supermercado, heladería… Salí a trabajar de chico; en el 77´ cuando terminaba la Primaria mi papá se queda sin trabajo. Mis hermanas estudiaban en el Santa María, y no quería que ellas dejen de estudiar, alguien tenía que colaborar con la economía de la casa y conseguí rápido», relató.

La competencia de la noche, según Ricardo, era sana. Al menos en su paso por allí. «No éramos rivales, al contrario, al menos en mi época. Una vez que empecé a trabajar de noche recorría los lugares, me hice amigo de los Maquiavello, de los María Pía, de La Real. En un momento propicié que pusiéramos más o menos los mismos precios, que compitiéramos con la atención y la calidad de la mercadería para no matarnos entre nosotros. Podés competir sin ser enemigos».

«Me llena de satisfacción que la gente me reconozca, mi hija me dice ´no se puede salir con vos por acá, te para todo el mundo´. Mi hijo de a poco me fue descubriendo, me vio en una página que ya no existe ´Enseñando a hacer tragos». También en otras páginas, me pregunta ´¿por qué estás ahí, quién sos vos?´. La gente me conoce y me quiere, no sé, pasan los autos y tocan bocina, me gritan… Es un honor, un placer, no sé cómo llamarlo. Eso es porque uno tiene una conducta. Y le digo a mi hijo: ´Espero que a vos también te pase´. Esta es mi vida».

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