Por Juan Carlos Villalba –  08/11/2017

Una vieja serie televisiva llamada “La Ciudad Desnuda” cerraba cada capítulo con una voz en off que decía…“Hay 8.000.000 de historias en la ciudad desnuda, esta ha sido solo una de ellas…”

Recordando aquellas palabras y jugando con ellas podríamos decir que en el Bar América hay 8.000.000 de historias y ésta es sólo una de ellas…”

 

“Toda una noche”

 

En el cabaret Stella Maris

¡¡¡ Ay cuanto amorrrrrrrrrr…!!! – Gritaba Monique cada vez que destapaban una botella de champagne, mientras guardaba las fichas en su corpiño.

Aquel amor duraba tanto como el contenido de la billetera del cliente.

El cabaret estaba en su esplendor, como casi todas las noches.

  • ••

Un rato antes en el Bar América…

“Chiquin” – dijo el Tano Juan Carlos Macchi – Dame una ficha para la Fonola…  No, mejor dame cuatro.

Se acercó a la máquina, metió las fichas y apretó: C/8 –  C/8 – C/8 – C/8.

Y empezó a sonar “Negra no te vayas de mi lado”, por “Banana” Pueyrredón, multiplicado por cuatro.

A la mierda – dijo Chiquin Deonato, el dueño del bar – Parece que pintó bajón.

Félix, el mozo, oportuno, agudo y ponzoñoso como siempre, agregó: Más que bajón, parece que pintó cuernos.

Vos cállate, gil de goma – dijo el tano recaliente.

Félix, riendo, se metió en la cocina.

  • ••

La fonola que durante muchos años funcionó en el Bar América, además de emitir música, funcionaba como una especie de psicólogo o confesionario, donde cada uno al introducir una ficha hacia una especie de catarsis, podría decirse que era un preciso y extraordinario detector de estados de ánimo, con un notable poder terapéutico.

  • ••

Dos días antes….

Disculpame tano, no quise lastimarte – dijo la mina con un arrepentimiento fingido.

El tano no dijo nada, estaba herido en su amor propio, pues la mina lo había “traicionado” (para decirlo delicadamente) con un flaco que tenía una coupé GTX espectacular, color amarillo.

Es que tenía ganas de dar una vueltita en auto – continuó ella, tratando de justificarse- y vos me verseaste con el cuento de la herencia en Italia y…

Pará, no digas nada – dijo el Tano – Está bien…chau.

Además de estar metido con la mina, otra cosa que lo mortificaba era la culpa, ya que al verlos juntos, había deseado que el tipo se matara con el auto.

Esa misma noche, un accidente conmovió a todos.

El flaco se dio una piña espectacular en la curva de Demarco contra un refugio para esperar el colectivo, increíblemente, aunque el auto no sirvió más, el muchacho salió ileso.

  • ••

Apoyado en la fonola, dubitativo y triste, estos pensamientos lo angustiaban y, cuando parecía a punto de caer en un peligroso pozo depresivo, una mano se apoyó en su hombro y escuchó:

-Basta Tano, tenés que olvidarte de esa mina, vamos un rato al Stella – (Era Roberto, un amigo de toda su vida y se refería al cabaret Stella Maris).

  • ••

Acodado en la barra del Cabaret, whisky en mano, el tano observaba aquella algarabía que el champagne y el dinero provocaban.

¿Qué te pasa, Tano? –preguntó la encargada– te noto raro.

Cosas del amor, Silvie –contestó.

La mujer, hábil conocedora del negocio, se acercó y le dijo al oído.

Tengo “una nueva” para vos… te vas a enamorar… ¿Tenés plata?

Plata es lo único que me sobra – dijo el Tano – (que no tenía ni un peso, como de costumbre).

  • ••

Quien no lo conociera, podía pensar o creer que estaba ante alguien adinerado.

Simpático, culto y hábil conversador (como corresponde a todo buen mentiroso) decía ser noble, llamarse Giancarlo Macchi Cobo Richellieu, descendiente de La Casa de Saboya, sobrino de Fernando de Saboya, III Duque de Génova y de Isabel de Baviera, que poseía una fabulosa herencia en la región Toscana, en Italia, que pronto viajaría a tomar posesión de esos bienes y contaba historias de su vida en Palacio, etc., etc.

Personalmente me hacía recordar a Totó, el gran cómico italiano, que se autotitulaba Conde de Nápoles.

A quienes lo conocíamos, nos resultaba divertido escucharlo inventar estas historias, pero… nunca  faltaba algún desprevenido o desprevenida.

  • ••

Bar América, 6 de la mañana

El Chino Deonato (otro de los dueños del bar) ya había tomado su turno matinal, Félix estaba entregando la posta a Mario, el mozo de la mañana, cuando sonriente y triunfal entra el Tano con “La nueva” del brazo.

Dos Chivas con hielo – dijo el Tano – acercándose al mostrador.

Lo miraban sorprendidos, hacía pocas horas era prácticamente una piltrafa de la que se burlaron y ahora los estaba gozando.

Bebieron y bromearon, hasta que de pronto, el Tano dijo:

Chino, dame una ficha para la fonola… No, mejor dame cuatro.

Se acercó a la máquina y con las fichas en alto dijo:

Che Félix… Esta canción es para la gilada.

Apretó: C/9 – C/9 – C/9 – C/9

Y salió sonriente, con la mina del brazo.

“El sobrino del Duque de Génova, descendiente de la Casa de Saboya, heredero de una incalculable fortuna en Italia, precisamente en Florencia y que muy pronto iría a cobrar, junto a su nueva, hermosa y ambiciosa “novia”, iban entrando al hotel Sans Souci, mientras la puerta abierta del Bar América dejaba escapar la voz de “Banana” Pueyrredón cantando… “Toda una noche contigo”

 

 

Compartila en las redes

Deja un comentario

Su Email no será publicado

*