Por Claudio Valerio

Cierto hombre, pasando en determinada calle, durante un riguroso invierno, encontró un mendigo que pordioseaba. Él no tenía dinero alguno, pero vio que el mendigo se estaba congelando. Él, entonces, le dio al hombre algo que tenía. Agarró su sobretodo, viejo y roto, y lo desgarró en medio, quedándose con una mitad y envolviendo al mendigo con la otra mitad… En aquella noche él tuvo un sueño. Vio el cielo abierto y Cristo usando la mitad de un sobretodo. Uno de los ángeles preguntó al Señor: «¿por qué está vistiendo ese abrigo viejo?», y Cristo contestó: «Porque mi siervo me lo dio a mí.»

¿A qué tipo de actitud nosotros damos más valor, a la fe o a las obras? Creo que ambas están unidas y necesitamos dar valor a las dos al mismo tiempo. Si decimos que tenemos fe y nada hacemos para probar esa fe, ella de nada sirve. Si hacemos buenas acciones, pero no tenemos fe, esas obras tampoco son perfectas.

Todo cuanto hacemos en la obra de Dios es por fe y por amor.

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Y lo que hacemos es para el honor del nombre de Dios, nuestro Señor y Salvador.

Si el Señor nos manda «amar al prójimo» y no lo obedecemos, entonces nuestra fe no es verdadera. Y cuando ayudamos a aquellos que el Señor desea ayudar, entonces, estamos sirviendo al Señor y testificando de su amor en nosotros.

Si ayudamos a alguno necesitado, estamos demostrando amor a Dios. Si predicamos el Evangelio a los necesitados, estamos mostrando nuestro amor al Señor que nos mandó proclamar Su Palabra. Si apoyamos a un misionero, estamos promoviendo una fiesta en el Cielo, porque ésa es la voluntad del Señor.

Todo que hacemos en la obra de Dios es para el Señor, para el engrandecimiento del nombre de Jesús.

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