Por Claudio Valerio

Muchas son las ocasiones en las que nos quedamos simplemente con la primera impresión de algo que vemos, nos atrae o nos repele el aspecto externo de las cosas, e incluso de las personas que por su aspecto no concuerdan con nuestros gustos o preferencias.

Resulta muy grato el comprobar que, bajo la piel, bajo la superficie de lo inmediato a nuestra vista, se esconden “tesoros” ocultos, riquezas desconocidas que sólo aquellos que profundizan su mirada podrán descubrir.

Nos movemos en una sociedad competitiva, donde lo superficial impera frente a lo auténtico, una sociedad empujada por las prisas en la que resulta complicado generar un paréntesis, un rato en el que poder saborear los minutos, disfrutar de ese hueco en nuestras vidas y encontrar cobijo a nuestras preocupaciones cotidianas.

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En esta espiral de rutina debemos esforzarnos por parar en seco, frenar nuestro ritmo y permitirnos un modesto homenaje de paz y sosiego, leer un libro, escuchar algo de música, prepararte algún plato apetecible, escribir alguna reflexión o, simplemente, sentarnos a descansar y sentirnos en paz.

Bajo la piel, esa capa que nos separa de lo importante y lo realmente trascendente, se esconden, involuntariamente o no, manjares exquisitos, personas maravillosas y experiencias inolvidables que nos harán valorar la importancia de no quedarnos en la superficie.

Cultivar nuestro interior, serenar nuestro espíritu y ordenar nuestras ideas enriquecerá, sin duda alguna, aquello que bajo nuestra piel nos hace únicos y diferentes.

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