Por Claudio Valerio

“¿Por qué te agitas y te confundes por los problemas que te trae la vida?… Déjame controlar todas las cosas e irán tornándose mejores. Cuando te entregues totalmente a Mí, todas las cosas serán resueltas con tranquilidad de acuerdo a mis planes. No te frustres, no me ores como apresurándome, como si quisieras forzarme a realizar tus planes. En lugar de eso, cierra los ojos de tu alma y con paz dime: Jesús, yo confío en ti”.

 

San Francisco de Sales elabora un poco más acerca de la respuesta llena de confianza, perseverancia, y fe en Jesús, de la profunda experiencia la fe de la mujer de Canaán en Jesús.

Si Dios no nos da un indicio de que ha escuchado nuestras oraciones, o si no responde a ellas inmediatamente, perdemos nuestro coraje. Nosotros no sabemos perseverar en la oración; la abandonamos completamente, ahí y entonces. Ese no fue el caso de la mujer de Canaán… En un principio Nuestro Señor no prestó atención a su oración. Su falta de respuesta casi parecía una injusticia hacia ella. No obstante, la mujer perseveró en su llamado a Jesús, incluso después que los apóstoles le pidieron que le dijera que se marchara.

Ella demostró una gran seguridad al momento de hacer su petición, enfrentándose a unas borrascas y tempestades que normalmente hubieran debilitado la convicción de cualquier persona. Nosotros, al igual que la mujer de Canaán, debemos confiar firmemente en el poder y la voluntad de Nuestro Salvador, particularmente cuando experimentamos amargura. ¿Acaso crees que Dios, quien les ha dado un hogar a la tortuga y al caracol, no los va cuidar? ¿Cómo entonces no va a demostrar misericordia contigo, con nosotros, que somos Sus hijos?…

Este tipo de confianza siempre va de la mano con la fe atenta. La fe atenta fue lo que la mujer de Canaán nos demostró. Ella estaba entre quienes escuchaban a Jesús, y lo observaba detenidamente. Su fe fue grande. No sólo porque ella prestó suma atención a lo que había escuchado decir acerca de Él, sino porque también decidió creer lo que los demás le dijeron. Nosotros nos encargamos de hacer de nuestra fe en Dios algo más vívido, cuando reflexionamos con detenimiento acerca de los misterios de nuestro Salvador. Estas reflexiones generan en nuestro corazón un deseo por las innumerables virtudes de Jesús.

La perseverancia es una virtud que fluye de una fe que permanece atenta a los hechos que las Escrituras y la Tradición nos enseñan. ¡Nuestra felicidad está basada en la perseverancia! Si en algún momento tenemos la impresión que Nuestro Señor no nos está escuchando, es sólo porque Él desea obligarnos a gritar con más fuerza, y acercarnos más a Dios, quien nos da el poder para perseverar. ¡Armémonos de coraje! Y al igual que la mujer de Canaán, caminemos fielmente y con seguridad por la senda de Nuestro Salvador. Solo así seremos eternamente felices.

(Inspirado de los escritos de San Francisco de Sales).

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