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Corría 1970. Con su flamante título de arquitecto, Alberto Benzaquén regresó a Escobar y desde entonces no pararía de realizar obras en el distrito y en la región toda. Sin embargo, hubo una de ellas que no sólo lo marcaría para el resto de su vida, sino que, además, se convertiría en un símbolo vivo de Escobar: el predio que cobija a la Fiesta Nacional de la Flor. Más de medio siglo después dialogó con NUEVO DIGITAL DE ESCOBAR sobre aquellos inicios, aunque inevitablemente la charla abordó facetas del presente y el futuro de nuestro distrito.


Para comprender al Escobar de 1970 existe un dato que grafica a las claras el devenir de este tranquilo poblado bonaerense, nacido pocos años antes tras la escisión del viejo Partido del Pilar: por entonces sólo había dos arquitectos en todo el distrito. El más antiguo era Rudecindo Marquez a quien luego se había sumado Ivo Iacouzzi. Alberto Benzaquén, con su flamante título de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires, fue el tercero.

Era el mes de marzo y a los pocos días ya tenía trabajo. “El Intendente de Escobar por aquellos tiempos era el Ingeniero Alberto Ferrari Marín quien me contrata para trabajar en la Municipalidad de Escobar. En abril de 1970 me designa Director de Obras Particulares y tiempo después me pone en Planeamiento. Mi padre, Fortunato Benzaquén, integraba en su carácter de rotario la Comisión de la Fiesta de la Flor, otra de las iniciativas del Rotary Club de Escobar. La fiesta se hacía en lugares prestados. Ya se había hecho en el salón del Club Sportivo Escobar, en los galpones de los Completa y con Ferrari Marín como Intendente se habían construido los pabellones municipales que actuaban como corralón de la Municipalidad y para la Fiesta de la Flor se los adaptaba para convertirlos en la sede de la fiesta. Es así como me encargan que diseñe la nueva edición que ya estaban preparando. Había que decidir la forma en que se distribuiría todos los stands, los jardines, los lagos, tanto dentro como fuera de esos pabellones. Se haría todo con estructuras tubulares”, rememora nostálgico.

La responsabilidad era muy grande. En sus primeros años de vida, la Fiesta de la Flor se había convertido en un suceso al que todos querían asistir. A pesar del escaso apoyo que había recibido desde los poderosos medios de comunicación nacionales, el país hablaba de esa fiesta popular y contaba del desfile de carrozas ornamentadas en un 80 por ciento con flores naturales. Eran los tiempos en que los propios vecinos, cuando iban a viajar a otros lugares del país, pedían carteles y los pegaban orgullosos. Los mismos tiempos en que Alfredo Maggio -que trabajaba como comisionista a Buenos Aires- llevaba cada día los afiches y los distribuía donde podía… y como él, tantos otros.

Hasta nosotros nos sorprendimos cuando la capacidad total de la ciudad quedó superada y quienes llegaban debían dejar sus autos sobre la propia Ruta 9 vieja

porque hubo que cerrar el ingreso de vehículos al pueblo”, cuenta sonriente Benzaquén. Para esa edición, los visionarios organizadores, encabezados por Arturo Brossio, redoblaron la apuesta y hasta construyeron lagos artificiales y montaron las vías para que un tren recorriera el lugar para disfrute de los turistas llegados. “Ese año llovió muchísimo y parte de los terrenos quedaron prácticamente inundados. Las estructuras tubulares comenzaron a hundirse en el barro y hubo un momento en que tuvimos que reforzarla con miles de personas arriba pugnando por entrar a los pabellones, ya colmados al límite. También acá fue necesario cerrar el ingreso y aguardar a que los visitantes que ya estaban dentro comenzaran a salir para permitir el acceso de quienes aguardaban en la puerta para entrar”.

Brossio había pedido que todo el proyecto fuera realizado por gente de Escobar y los tres arquitectos locales habían conformado un equipo que trabajó en el proyecto por muchos años. De su pluma surgió el plano de distribución de esa fiesta en los pabellones y nacería luego el proyecto integral de la Ciudad Floral, ya impulsada por Luis Brussi.

Cuando compraron el predio original (poco más de siete hectáreas) comenzó el trabajo fuerte, segmentado en siete etapas. “Teníamos proyectos muy ambiciosos, pero el dinero no era suficiente para hacerlo todo junto, de una sola vez, así que decidimos dividirlo en etapas anuales. Había que realizar los muros perimetrales, accesos, los pabellones parabólicos, el puente que los unía, el lago artificial, los núcleos sanitarios y prever la incorporación futura de otras tierras aledañas y la construcción de la Escuela de Florihorticultura.

Trabajábamos todo el día y muchas veces hasta fuimos los financistas de las obras. Discutíamos los costos con Don Luis y cuando llegábamos al precio final de la obra la convertíamos a cantidad de bolsas de cemento. Era la forma de mantener el precio actualizado. Recién cobrábamos cuando se ponía en marcha la fiesta y comenzaba a ingresar dinero.

De ese equipo profesional y de la creatividad y el empuje de Luis Brussi, Juan Carlos Papa, Alberto Chalub, Lorenzo Mándola, Salvador Rizzo, “Rulo” Sergiani y de floricultores como Ottaviano y Almeida, por citar sólo algunos, surgió la Ciudad Floral. “Las ideas de Brussi eran brillantes. Era un visionario. Lamentablemente por diversos motivos, sean económicos, políticos o lo que fuera, no pudimos terminar el proyecto y al día de hoy no pudieron realizarse. Por ejemplo, los baños, que sólo quedó el núcleo que habíamos hecho en forma provisoria… o el hotel, del que quedó construida la losa”. Brussi quería realizar un hotel que permitiera ser un centro para convenciones. Fue proyectado para salones con ese fin y un total de cincuenta habitaciones.

“La entrada era independiente. Se accedería directamente de la calle, para preservar el predio. Algo parecido a lo que habíamos proyectado inicialmente para la escuela que iba a ser emplazada en otra área del predio”, recuerda.

Un capítulo aparte es la historia de los dos gigantescos pabellones que tanto impactaban a los visitantes. “Viajamos a Córdoba para contratar a la única empresa que podía realizarlos, pero había un problema: el arquitecto trabajaba en relación de dependencia con la empresa Arcor, así que tuvimos que reunirnos con Pagani, propietario de Arcor, para que le diera el permiso correspondiente. En aquellos tiempos no existían las computadoras y por lo tanto no existía la posibilidad de convertir el proyecto a 3D (tres dimensiones), así que para calcular los asentamientos de los pilares estructurales tuvimos que hacer una maqueta. La hizo Ivo, tallando un jabón”, cuenta Benzaquén, quien destaca lo que se podría haber hecho con la tecnología actual.

Hoy las computadoras resuelven fácilmente muchas facetas que antes exigían un esfuerzo tremendo. De cualquier forma, hay algo en que ninguna máquina puede reemplazar al hombre: el dibujo.

En la computadora todavía existen limitaciones en ese aspecto, pero luego la computadora resuelve cálculos y planos a una velocidad insuperable. En la actualidad yo sigo dibujando primero con lápiz y recién después me pongo a trabajar con la computadora”, señala orgulloso.

Uno siempre tiene asignaturas pendientes -señala. A lo largo de mi vida he viajado bastante y soy muy observador. Por el Rotary Club y porque viajar es una pasión para mí, conocí muchos lugares y la mayoría de las veces veía algo y me surgía alguna idea que podría ser adaptada y realizada acá, pero en las condiciones actuales son muy difíciles. Lamentablemente no pudimos culminar aquel proyecto inicial y ahora hay muchas cosas que ya quedaron perimidas, que fueron reemplazadas por tecnologías actuales que abren muchas posibilidades y que ni siquiera requieren espacios gigantescos. A modo de ejemplo podemos hablar de la realidad virtual, que permitiría al visitante otras vivencias. Y como eso hay tantas cosas. La proliferación de viveros gigantes, aún en pleno centro de Buenos Aires, hace que una exposición de plantas y flores deba “aggiornarse” para captar la atención de los posibles visitantes, pero esa evolución es inevitable y debemos aceptarla hasta que se den las condiciones necesarias. Hoy no alcanza con proyectar algo para el presente. Es necesario tener una visión de futuro, saber hacia dónde va la evolución no sólo de las infraestructuras sino los cambios en los gustos de los visitantes. La sociedad es dinámica y esas mudanzas son muy rápidas. Pueden producirse aún antes de concretar lo proyectado. En tal caso seguiríamos corriendo al progreso desde atrás… y difícilmente podamos alcanzarlo”.

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