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Por Carlos Maipah

Nacido en Paquistán y desarrollado en la India, el sistema de créditos para microempresas y sectores humildes de la sociedad se ha extendido en el mundo. En Argentina han sido los gobiernos quienes impulsaron sistemas similares, aunque se desvirtuaron rápidamente para convertirse en una herramienta que premia a sus fieles seguidores (clientelismo proselitista) y permite en forma paralela la creación de canales para destinar gruesas cifras de dinero a otros fines o al propio bolsillo. Actualmente el gobierno busca implementarlo con un nuevo sistema transparentemente y que cubra su objetivo social. En pocas semanas ya estaría en Escobar.

En 1976, Muhammad Yunus (por entonces con 36 años, economista y profesor universitario) tenía en su mente una brillante idea para concretar. Lo intentaría desde la sucursal del Banco Janata en Chittagong, Bangladesh. Su objetivo sería implementar un sistema para otorgar microcréditos a los sectores más humildes de su país. La experiencia comenzaría en un pueblo cercano a su ciudad y los destinatarios serían las personas más pobres, que negociaban con los usureros del pueblo tasas del 10% para comprar los insumos y continuar trabajando en micro-emprendimientos que a duras penas daban para el diario sustento. La idea fue rechazada por el gerente ya que los montos de los créditos eran tan bajos que no cubrían el costo operativo.

Su proyecto había nacido dos años antes, fundada en un concepto ya experimentado en Paquistán por el científico social Akhtar Hameed Khan.

Seis meses después consiguió su primer préstamo. Recibió 27 dólares que repartió entre 47 personas. Luego -con el apoyo del Banco Central de Bangladesh- creó el Banco Graneen, dedicado a prestar microcréditos con intereses justos y sin exigir garantía. Para sorpresa de los banqueros, los créditos tuvieron un retorno del 97 por ciento.

Con los bancos tradicionales tenía importantes diferencias: los destinatarios de los créditos eran los más pobres; generalmente eran otorgados a mujeres (en lugar de los hombres) y ofrecía un servicio personalizado asistiendo a sus clientes en sus propios negocios, puestos o viviendas.

En menos de tres décadas el Banco Grameen tenía cerca de ocho millones y medio de prestatarios, el 96 por ciento de sus clientes eran mujeres y estaba presente prácticamente en la totalidad de las 68.000 aldeas y pueblos de Bangladesh. A la fecha invirtió en préstamos más de 14.000 millones de dólares y la incobrabilidad está reducida a sólo el 2,74 por ciento, cifra impensada para cualquier banco convencional, pero lo más importante es que esos préstamos impactan directamente en una mejora de la calidad de vida de las personas porque están orientados a microempresas, construcción y ampliación de viviendas y educación.

Reitera ante todos los foros que “las crisis del mundo están ligadas con la financiera y para superarla debemos entender que el propósito de los seres humanos no es generar dinero sino ser felices y hacer felices a otros”. Para lograr este objetivo “tendremos que inventar uno nuevo que desafíe al statu quo, a nosotros mismos y a la sociedad”.

En 2006 el mundo quedó sorprendido al ser premiado con el Nobel de la Paz “por su lucha por una economía justa para las clases pobres”. Al aluvión de llamadas provenientes de todo el mundo se sumaron las de sus “clientas” que expresaban el orgullo de ser parte del banco. Aquellas mujeres que recibieron los primeros créditos son hoy las dueñas de Grameen en Bangladesh y controlan el 90 por ciento de las acciones. El 10 por ciento restante pertenece al gobierno. El sistema, básicamente, es muy sencillo y se basa en la llamada “garantía solidaria”. Cada cinco mujeres que solicitan un crédito son elegidas las dos más pobres. Las tres restantes no recibirán su préstamo hasta que las dos primeras lo hayan devuelto, generándose así una especie de red de apoyo-presión. Si una deja de pagar, todas pierden la posibilidad de recibir nuevas ayudas.

En una entrevista reciente expresó que “Me siento muy feliz por lo que he logrado con el banco. El 46,5 por ciento de las familias de los beneficiarios ya superaron la línea de la pobreza y una tercera parte está casi lista para hacerlo, pero quiero que nuestra visión llegue más pronto a otros lugares en el mundo. Ahora estoy mostrando algo diferente. No creo en los negocios que solo generan ganancias a un individuo. Necesitamos un nuevo sistema, un nuevo marco conceptual”.
Yunus dio forma empresaria al “negocio social”, que busca resolver los problemas de la gente. No fue concebido para generar dinero y por lo tanto no hay dividendos. Las ganancias quedan en la compañía.

Las beneficiarias de los préstamos se comprometen a respetar 16 principios no obligatorios, considerados “valores positivos”: enviar a los hijos a la escuela, cultivar vegetales o beber sólo agua canalizada, por ejemplo. Yunus asegura que las nuevas tecnologías y el acceso a Internet implican una revolución para los pobres, que pasan así a tener acceso a la sociedad de la información. Por tal motivo, cada beneficiario de un crédito recibe un teléfono móvil.

En pocas semanas se pondría en marcha en Escobar un sistema creado por el gobierno, basado en el proyecto de Yunus. La administración estará a cargo de una institución con larga trayectoria y presencia consolidada en el distrito, que ya celebró el convenio respectivo con el Estado.

Actualmente están trabajando en la capacitación del personal y en la puesta en marcha del software correspondiente. Una nueva opción para enfrentar la difícil situación económica.

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