Por Claudio Valerio

La fortaleza de la verdad (satyagraha) guió los rumbos de Gandhi tanto
durante sus primeras luchas en Africa del Sur como en toda la epopeya
emancipadora de la in­dia, a la par de la no violencia (ahimsa). Su
macroproyecto era la autonomía socio-po­lítico-económico-cultural
(swaraj, o liber­tad). Pero fue todavía más lejos y bautizó su enorme
desafío justiciero, su movimien­to de multitudes, como sarvodaya. Un
si­nónimo de “bienestar para todos”. Este otro término por él
inventado unía dos palabras sánscritas: sarva (que significa “todo”) y
udaya (que quiere decir “elevamiento”, bie­nestar o prosperidad).
Decía: “Se trata de valores humanos, de un desarrollo indivi­dual
siempre consistente con su uso para el desarrollo de la sociedad; la
promoción del altruismo en el grado más elevado; la inte­gración del
individuo con la sociedad; el elevamiento de la sociedad humana entera
hacia el plano más alto de la existencia donde el amor y el trato
limpio jueguen pa­peles cruciales: tales son las características
predominantes de sarvodaya”. Muchos de los que suelen denominarse hoy
“no vio­lentos” en las tribunas proselitistas, ni si­quiera conocen
los desafíos profundos de ese ideal.
Un estadounidense, David Henry Thore­au, y un ruso, león Tolstoi,
fueron impor­tantes inspiradores de la monumental tarea emprendida por
Gandhi en su amor, su devoción y su entrega a la causa de la justicia
suprema.
Estas son algunas de las reflexiones de Gandhi que me impactan por su
sencillez y humildad, para expresarlas y darlas a entender.

Dónde está la verdad?
No quiero que mi casa esté amurallada por todas partes, y
que mis ventanas perma­nezcan cerradas. En cambio, quiero que las
culturas de todas las tierras soplen sobre mi casa del modo más libre
posible. Pero me niego a que cualquiera me patee los pies.
La verdad se encuentra en cada corazón humano y tienes que buscarla
allí. Debes dejarte conducir por la verdad, del modo en que la
concibas. Pero ni tienes el dere­cho, de acuerdo con mis concepciones,
para forzar a otros a que actúen.
La plegaria no es pedir. Es un anhelo del alma. Es la admisión
cotidiana de la propia debilidad… En la plegaria, es mejor tener un
corazón sin palabras que palabras sin corazón.
Creo que la suma total de la energía de la humanidad no existe para
abatirnos sino para elevarnos. Ello es consecuencia de la definida,
aunque inconsciente, ley del amor. El hecho de que la humanidad
per­sista en ello, demuestra que la potenciali­dad cohesiva es mayor
que la fuerza disol­vente: lo centrípeto supera a lo centrífugo.
Los científicos nos dicen que sin la pre­sencia cohesiva de los átomos
que confi­guran nuestro mundo, este se diluiría en fragmentos y
cesaríamos de existir. Así co­mo hay fuerza cohesiva en la materia
cie­ga, así existe en todos los seres animados, y el nombre de esa
fuerza cohesiva en los seres animados es el amor. Lo percibimos entre
el padre y el hijo, entre el hermano y Ia hermana, entre un amigo y
otro. Pero te­nemos que aprender a usar esta potencia con todo lo que
vive, y en su uso se basa nuestro conocimiento de Dios. Donde hay
amor, se imponen el amor y la vida. El odio lleva a la destrucción.

(Gandhi- “Reflexiones sobre la verdad”)

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