Carlos Maipah

Un viejo refrán dice que “Si uno no quiere, dos no pelean”. Vivimos en una sociedad donde las presiones cotidianas nos llevan a vivir al borde del estallido. Precisamente por eso es imprescindible enfriar nuestra cabeza y aprender a controlar nuestras reacciones, para evitar un arrepentimiento que siempre será tardío.

El caso de la madre que abofeteó a la maestra de su hijo vuelve a poner a Garín en la picota de los medios nacionales. Algo que ninguno quiere. Justificar la agresión en algunos maltratos que la criatura venía padeciendo y el pedido de disculpas pueden llevarnos a tener una mirada piadosa, pero una agresión sigue siendo eso: una agresión. No deseo entrar en una polémica que tampoco conduce a ningún lado. Sólo estoy intentando reflexionar en voz alta para evitar que este tipo de episodios continúen repitiéndose con una asustadora frecuencia. Existen otros carriles para canalizar un reclamo que puede ser valedero. Un docente debe integrar a sus alumnos, comprenderlos, orientarlos y brindar la asistencia necesaria en caso de dificultades extremas de la criatura. Por supuesto que no convalido tampoco sus reacciones, en el caso de que hayan sucedido. En el supuesto que los hechos hayan acontecido tal como han sido descripto en las redes sociales, entiendo que estaríamos en presencia de una madre y una docente intolerantes. Una vez más el mayor perjuicio lo padeció precisamente la criatura. En tanto, la sociedad se encolumna tras una u otra, con defensas encarnizadas y posturas que evidencian que la intolerancia no está circunscripta sólo a la Escuela N° 5 de Garín, sino a una buena parte de la sociedad.

Si la búsqueda era mejorar su integración se consiguió precisamente todo lo contrario. ¿Cómo va a seguir la historia del niño? Probablemente con un cambio de escuela y una llegada a otro establecimiento con el antecedente (que él no provocó) sobre sus espaldas. Probablemente con un preconcepto negativo en la comunidad docente y con las crueles burlas de sus nuevos compañeros. Un panorama desolador para quien llegó a esta situación con problemas previos. De ahí la vieja frase que dice: “nunca dos males hicieron uno bueno”.

 

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