Por Graciela Zorrilla

Sé que, con estas palabras, una vez más no voy a ser políticamente correcta: “Eran muchos los que decían aquel día que el rey y la reina estaban desnudos”.

En la última “Fiesta de la Democracia” a muchos picaros se les cayó la careta y evidenciaron no solo su incapacidad y falta de idoneidad para realizar un traje a medida, sino que quedaron expuestos en su intención de cobrar por un trabajo que nunca habían realizado.

Entre los eufóricos de turno y los embotados por microclimas enrarecidos es difícil determinar quiénes eran simplemente optimistas y quienes vendían un triunfalismo que ni siquiera ellos compraban.

Lo cierto, lo verdaderamente cierto, es que una vez pasadas las PASO, la gran mayoría simplemente había perdido y la primera y segunda minoría mentirían si hubieran dicho que ganaron.

Seguramente, debido a esta eterna incapacidad que tiene el pueblo para ver claramente si el rey está desnudo o simplemente ellos no le ven el traje, su visión de la realidad no solo es parcial y contradictoria sino que está siempre condicionada al miedo que el poder y la falta de poder provoca.

Entre los que escuchan solo lo que quieren oír y los que dicen solo lo que el otro quiere escuchar, comunicarse a través de la verdad puede ser sencillamente imposible.

Confieso que lo que más me sigue extrañando de la política es la insistencia que tiene la gente en atrapar entre sus dientes lo que creen que es la verdad, pero la dejan escapar únicamente en murmullos.

Sólo acercándose lo suficiente uno podía escuchar al entorno del Rey diciendo que estaba desnudo, mientras que el entorno de la Reina aseguraba que la desnuda era ella. Lo más llamativo era que cada uno veía a su propio monarca desnudo, pero callaban. Quizás, en el fondo, sentían algún tipo de responsabilidad por ese bochorno.

Sin lugar a dudas, la incapacidad de los inútiles que intentan vender “el traje más lindo de todos” se alimenta de la arrogancia de los que creen tener el mejor sastre.

Al igual que en “El nuevo traje del Emperador” los charlatanes y oportunistas, se encargaron de venderles al candidato telas “milagrosamente” invisibles. Los hombres de confianza no las veían, pero por temor a quedar como tontos, solo callaban.

Sondeos, encuestas, estadísticas, esquemas, tácticas, estrategias mal elaboradas, solo pueden dar un final inesperado.

Los vestidos, los trajes, que iban a lucir los soberanos simplemente no estaban a medida. No lograron lucirse. Ninguno descolló. Pero no se engañen. No estaban desnudos.

Los únicos desnudos seguimos siendo nosotros.

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