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Jorge Luis Borges decía que “todo encuentro casual es una cita”. El encuentro con Fernando Sureda (50) tuvo inicialmente mucho de casual para convertirse, a medida que la charla avanzaba, en una cita que se prolongó en el tiempo y permitió conocerlo mucho más a fondo, saber de su sensibilidad, su compromiso y su futuro actoral y personal.


Con la bisagra de los 50 en sus espaldas, el actor decidió tener un año sabático para analizar su vida de acá en adelante. La retrospección le permitió comprender el porqué de muchas de las actividades desarrolladas en estas casi cuatro décadas de carrera, pero asegura que lo más importante fue poder entender lo que quiere para su vida.

“Empecé de muy chico, pero es difícil ponerle una fecha cierta. Es algo que me viene desde la cuna: mi viejo era actor de circo, mis viejos se conocieron prácticamente sobre un escenario. El teatro formaba parte de nuestra vida porque era una actividad constante en la casa. A partir de ese profundo amor que le tenía y que compartía con todos nosotros llega la pasión”. Y esa pasión lo marcó a fuego, tanto a él como a sus hermanas, Graciela (también actriz de larga trayectoria) y Gisela, esta última orientada al canto, como intérprete y como profesora.

“Si dejamos de lado esa convivencia cotidiana con obras, ensayos y estrenos y nos referimos a la parte formal, a ser parte de un elenco, debuté a los 12 años con el Ballet de Miguel Angel Saravia en “El evangelio criollo”, que la pusimos en escena en la Parroquia. Ya en la adolescencia descubrí el método de Constantin Stanislavsky, lo empecé a estudiar y desde ahí se me abrió un panorama impresionante”.

Después vino la formación profesional, esa que enriquece la bohemia, la pasión y la condición natural con el método, la responsabilidad y la constancia. “Tuve la oportunidad de estudiar con grandes formadores de actores en la Argentina: A los 17 comencé a estudiar con Agustín Alezzo. Buscaba una formación integral: trabajar con la voz, con el cuerpo; estudié clown y otras disciplinas relacionadas con la actuación. Estudié también con Carlos Gandolfo. Fueron maestros de la escena que me marcaron para toda la vida, como actor y como persona… aprendías a desempeñarte arriba de un escenario y también abajo de él, en la calle, en la vida, en tu vida”. Su formación actoral le permitió trabajar como actor y abrió la posibilidad de enseñar actuación y de dirigir. Con 22 años ya daba clases de teatro. “Era un ingreso seguro; la docencia fue una manera de solventar mis gastos en un momento clave: terminaba de enterarme que iba a ser padre”. Y sus dos hijos, Lucía e Ignacio (Nacho), también heredaron los genes de su abuelo, Edberto Ulises Sureda, y por supuesto de su padre.

A lo largo de su carrera fue actor, director, empresario, productor, todas actividades estrechamente vinculado al mundo que eligió vivir. Su carrera fue intensa, llegando no sólo a los escenarios sino con participaciones destacadas en cine y televisión. La enumeración de trabajos sería casi imposible, pero a modo de rápida recorrida merecen mencionarse “La ópera de los tres centavos”, de Bertolt Brecht y Kurt Weill, en teatro; el filme “Eva Perón” bajo la dirección de Juan Carlos Desanzo y tal vez los dos ciclos televisivos que mayor popularidad le dieron: “Los simuladores” y “Tumberos”, ambos por Telefe.

Y este año, después de tanta actividad, el actor decide hacer un parate para ordenar la cabeza. “Los cincuenta me llevaron a un balance. Necesitaba parar, enfriar un poco la cabeza y replantear mi vida. Yo digo que es un año sabático, pero igualmente sigo haciendo algunas cositas”, cuenta. “Estoy viendo como programo mi destino”, dice, y larga una carcajada por la frase ocurrente.

Pero el camino que hoy lo conduce hacia ese destino que intenta programar comenzó a transitarlo en verdad hace 10 años. “El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires me invitó a participar del “Programa Adolescencia”, orientado a jóvenes de entre 14 y 18 años pertenecientes a diferentes villas porteñas. Estos pibes integran una población en estado de riesgo. Comenzamos a trabajar con ellos y fue una experiencia única, enriquecedora, no sólo para los chicos sino también para nosotros. Era un equipo conformado por actores, docentes de teatro y trabajadores sociales. Actualmente mantengo una relación con ellos como coordinador del programa y además estamos creando un proyecto con un nuevo equipo al que llamamos Organización Lúdica, que pretende realizar un trabajo de similares características en toda la Provincia de Buenos Aires. La combinación del teatro con el trabajo social es un cambio que me interesa potenciar. Es sorprendente la transformación de esos chicos y el potencial que tienen. Y ojo que no llevan una vida fácil; muchos tienen problemas graves que superan lo económico. Hay gente con adicciones severas… inclusive algunos han tenido problemas que los han llevado a reformatorios. La sede estaba en Lugano y buena parte de los pibes que iban eran de Ciudad Oculta”.

Recuerda entre otros casos el de un adolescente que había estado un año asistiendo a las clases y trabajando con el grupo. Tenía condiciones… muchas condiciones, pero también tenía un pasado complicado que le había dejado una causa abierta. “Cuando faltaban un par de días para que le notificaran que iba a ir en cana vino y pidió hablar conmigo. Quería despedirse y explicarme que iba a ir preso por una causa anterior a que llegue al grupo, porque desde que se integró había cambiado su vida. Estuvo en cana un año y lo primero que hizo cuando salió fue volver al grupo y a las clases. Actualmente armó un grupo de teatro comunitario y está ayudando a recuperar chicos de la villa. Sabemos que no vamos poder recuperar a todos -concluye- pero que rescatemos a uno, a dos, ya es mucho. Son vidas que se salvan”.

Fue profesor de actuación, director, empresario teatral, hizo producción, dirigió una sala… “Toda esa experiencia que adquirí ahora desemboca en un trabajo social. Esa es mi forma de hacer política… desde mi lugar como actor. Me siento útil y eso me hace bien. Los artistas tenemos una responsabilidad muy grande que es dignificar lo que hacemos. El arte debe enaltecer al ser humano. Si no, no sirve”.

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