Por Carlos Maipah

Tanto va el cántaro a la fuente, que al final se rompe”. La frase, no por remanida, sigue vigente y lo podemos ver con un tema que, inicialmente, conmovió a la sociedad toda y de tanto usar (y abusar) perdió el impacto inicial y se degradó, no sólo en su fuerza sino en su esencia. Y esto es lo más grave.

La denuncia sobre la desaparición de Santiago Maldonado, de ser un tema sensible, pasó en pocas jornadas a ser tema de broma, lo que observamos reiteradamente en las redes sociales. En cualquiera de las hipótesis (desde su desaparición a manos de la Gendarmería hasta una maniobra programada para deteriorar la imagen del gobierno) el hecho es de una gravedad institucional tremenda. Y ni hablar de la repercusión. Lejos está de ser un tema que se preste para chistes. Sin embargo, el esfuerzo realizado por algunos sectores de la política argentina para mantener el tema vigente los llevó a una saturación tal que terminó provocando el efecto contrario al buscado: muchos lo tomaron para la chacota (otra frase del tiempo del cántaro que va a la fuente). Un suceso tenebroso, aún no esclarecido, es tomado a la ligera como si estuviéramos hablando de algo normal, cotidiano y frívolo.

Ya sabemos muy bien en Argentina lo que una desaparición o asesinato puede provocar. Basta con recordar el caso María Soledad; José Luis Cabezas”; Kosteki y Santillán, Jorge Julio López o el Fiscal Nisman (sólo por citar los más recientes y sonoros) derrumbaron grupos de poder con fuerte arraigo y hasta entonces “intocables” y sacudieron las estructuras en todos sus estamentos. Claro, había elementos de prueba suficientes, al menos del hecho en sí. Las dudas por entonces surgieron respecto al grado de responsabilidad que le correspondía a cada uno de los sospechosos. Acá enfrentamos otras incógnitas. Y el grado de deterioro en la credibilidad de las instituciones es mucho mayor.

Cualquier investigación comienza por buscar al beneficiario del hecho, algo que en nuestro país no conduce a ningún lado, ya que todo es materia de interpretación. Lo mismo sucede con la credibilidad de denunciantes y testigos. Y mejor ni hablar del grado de desprestigio que gozan las instituciones de seguridad o quienes deberían juzgar los casos.

Vivimos en un país donde tenemos desaparecidos que aparecieron, hijos y hasta nietos denunciados; atentados y autoatentados; acusados inocentes e inocentes culpables; falsas denuncias, falsas investigaciones, falsos testigos, sentencias incumplidas, apelaciones casi infinitas que permiten que condenados sean candidatos y hasta nos gobiernen.

Todo, absolutamente todo, es materia de opinión y están cargados de antecedentes de subjetividad. Y con eso se hace muy difícil creer en algo o en alguien. Con mucha, pero mucha, mucha suerte, el tiempo podrá permitir tener la distancia objetiva de los hechos. Mientras tanto, la gente común expresa su incredibilidad ante hechos graves haciendo bromas en las redes sociales.

Soy Carlos Maipah, intentando comprender cómo y por qué hemos llegado a esta situación y me pregunto: ¿dónde está la cordura?

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