Existe una historia. Todo pueblo tiene su historia. Es la historia de instituciones, sus presidentes, los ganadores de las elecciones… Es la historia formal. Y existe otra historia, la informal, que es una colección de anécdotas protagonizadas por personas normales, que actuaban de acuerdo a sus propios códigos y a los de la época. Y esas anécdotas merecen también ser recordadas, porque en muchos casos pintan de cuerpo entero a su protagonista. Algunas son verdaderas y perduran en el tiempo pasando de boca en boca. A otras las inventó el imaginario popular y nadie sabe si en verdad ocurrieron… pero resultan creíbles y lo que es más importante: merecen ser verdaderas. Aun cuando no hayan sucedido, como alguna vez Borges dijera, merecen ser ciertas.

El Invisible es junto a Tito Colacilli, el Negro Lavena y Luis Patti, el personaje al que más cantidad de anécdotas le atribuyen. Entre todas las escuchadas (algunas por varias veces y por varias bocas) este singular personaje quedó pintado como un tipo simpático, extrovertido, bailarín de los mejores y pícaro. Por sobre todas las cosas… pícaro. Alguna que otra de sus picardías son rayanas con la macana… pero no hay problemas porque, por sobre todas las cosas “El Invi” era inimputable.

Más de alguna vez devolvió latas de pintura (porque su oficio era pintor de obra, o de brocha gorda, como se decía entonces) recargadas con agua. Explicaba que el cliente había cambiado de tipo o de color de pintura y así se convirtió en un pionero del 2 por 1. La situación era descubierta mucho tiempo después, cuando los tarros aparecían en la casa de otro cliente llenos con agua y regresaba a la pinturería a efectuar el reclamo.

Su principal preocupación era bailar tango. Y cómo bailaba. Claro… esa bohemia lo llevó a vivir en una casa a la que se le había volado parte del techo de la sala. A Juan Carlos Villalba le sirvió para filmar buena parte de los interiores del filme “Pajarito, el loco de las alas”. Resolvía la iluminación de la escena con la luz natural que entraba donde faltaba el techo.

Pero resultó muy graciosa la historia del día que invitó a sus amigos (que lo bancaban eternamente) a cenar en Buenos Aires. A pesar del convite todos fueron llevando su dinero en el bolsillo. El restaurante que eligió era bueno. Estaba cerca de la parada de colectivos donde tomarían el colectivo para volver a Escobar. Tenía manteles, menú variado y buen vino.

-Muchachos -dijo el Invi- ustedes me bancan siempre. Hoy elijan que invito yo.

La cena fue buena, el vino fue mejor y a la hora de pagar mandó a sus amigos para la parada. Él arreglaba la cuenta y los alcanzaba. Y si el bondi, llegaba podían ir subiendo que él los alcanzaba. Se dirigió al mostrador, habló con el encargado y desde ahí pasó hacia el baño. Salió en el momento justo en que el transporte llegaba, pasó por su mesa y picó para el colectivo. Puso el pie en el estribo en el momento en que arrancaba mientras el mozo, que advirtió la fuga del cliente, salió corriendo del restaurante atrás de él. Temeroso de que el chofer parara, desde el colectivo ya en marcha le pega el grito al mozo: “no te preocupés, pibe… quédate con el vuelto, quédate con el vuelto”.

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